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En el futuro cercano se irá a la guerra por unas gotas de agua

Última actualización: 28 de mayo de 2026 1:43 am
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PARIS.- En los últimos dos siglos, el mundo guerreó con frecuencia por el petróleo, esa extraña materia viscosa extraída de las entrañas de la tierra que el venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo –uno de los fundadores de la OPEP– llamaba el “estiércol del diablo”. En el futuro, los hombres se destriparán por unas gotas de agua.

Los habitantes de las grandes ciudades jamás piensan en esa perspectiva cuando abren la ducha por la mañana. Tampoco imaginan la dramática realidad que los rodea: 2100 millones de personas -más de 25% de la población mundial- no tiene acceso directo al agua en sus viviendas y otros 3400 millones (40%) carece de servicios de saneamiento, según un informe de 2024 de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y Unicef, actualizado en 2025. Unicef estima, además, que actualmente mueren 1000 niños por día por falta de acceso al agua.

Esas cifras coinciden, en términos generales, con las últimas conclusiones de Sarah Nedolast del Programa del Agua del Banco Mundial. “Si continuamos a ese ritmo en la gestión del agua agrícola, en 2050 no podremos alimentar al mundo”, advirtió. En ese momento, la penuria hídrica podría amenazar más de la mitad de la producción mundial de alimentos.

Un hombre llena bidones con agua debido a la escasez causada por las altas temperaturas y la sequía en Veracruz, México, en junio de 2024
Un hombre llena bidones con agua debido a la escasez causada por las altas temperaturas y la sequía en Veracruz, México, en junio de 2024 Felix Marquez – AP

El stress hídrico que afecta a la mitad del mundo no solo representa un riesgo para la salud mundial, en particular para la población infantil. En los últimos años, ese cuadro no refleja la totalidad de la situación: después de constatar el peligro que acecha a los lagos y fuentes de agua dulce en zonas como la Ciudad de México y los pueblos cercanos al río Colorado -incluyendo parte del territorio de Estados Unidos-, la ONU se resignó a admitir en un informe de enero pasado que esa región, poblada por 55 a 60 millones de personas, se encontraba en “bancarrota hídrica”. Esa situación crítica no es una excepción: al igual que la capital mexicana en 2024, Estambul y Johannesburgo también estuvieron al borde de una sequía total. Los intensos calores pronosticados para el hemisferio norte a partir de junio prevén un stress hídrico total en Teherán -situación agravada por los recientes bombardeos de depósitos y canalizaciones de agua-, así como en Kabul, que está al borde de un colapso total de su sistema que podría durar varios años. Esa perspectiva no solo amenaza a las metrópolis más congestionadas del Tercer Mundo. Desde 2002, también acecha progresivamente a ciudades prósperas que parecían inmunes a ese tipo de riesgo, como Denver, Hong Kong, Londres, Los Ángeles y Miami, que -desde ese punto de vista- están en el mismo nivel que Islamabad, Yakarta, la ciudad de Kuwait, Lahore, Bangalore, Pekín, Beirut, Bogotá, El Cairo, Ciudad del Cabo, Mascate, Nueva Delhi, Shanghai y Tianjin.

A partir de 2030, la escasez afectará progresivamente la producción de alimentos, impactará la actividad económica y amenazará 1700 millones de empleos que dependen del agua, principalmente en la agricultura y la industria

Los especialistas admiten que solo un milagro podría evitar la catástrofe económica que se perfila en el horizonte.

A partir de 2030 -es decir mañana-, la escasez afectará progresivamente la producción de alimentos, impactará la actividad económica y amenazará 1700 millones de empleos que dependen del agua, principalmente en la agricultura y la industria. Esa perspectiva agravará la competencia que representa ahora la inteligencia artificial y la robotización de sectores enteros de la producción. A menos que los gobiernos asuman el inmenso riesgo social de crear una “policía del agua” para impedir la dilapidación, se calcula que la escasez de agua provocará una caída del Producto Interior Bruto (PBI) de 8 % en los países de altos ingresos y entre 10 y 15 % en los de ingresos bajos, un cuadro general que prefigura un panorama de profunda crisis económica, desocupación y hambrunas.

A menos que las naciones supervisen cuidadosamente el suministro de agua a sus poblaciones, las amenazas a la seguridad nacional serán casi una certeza. Una caída de bienestar de semejantes dimensiones penalizará la alimentación, provocará un deterioro en cadena sobre la salud y se convertirá en una potencial bomba de tiempo de epidemias y nuevas patologías. A partir de las próximas décadas, el hombre recurrirá a la violencia extrema para llegar a la fuente primaria de subsistencia: el agua.

Para numerosas sociedades, esa conjunción diabólica se transformará en una auténtica bomba de tiempo. Sin recursos para sobrevivir, columnas enteras de inmigrantes famélicos se lanzarán a las rutas para tratar de llegar hasta algún oasis de prosperidad.

Los primeros indicios claros de esa tendencia aparecerán hacia 2030, cuando la demanda de agua dulce superará la oferta en 40 %. Hasta los sectores más opulentos deberán comenzar a contar las gotas que salen de la canilla. En 2050 ese fenómeno se concentrará en las grandes ciudades y sus periferias, por el simple hecho de que 68 % de la población mundial residirá en zonas urbanas.

En su libro Planeta agua, publicado en 2024, el ensayista Jeremy Rifkin -famoso por sus libros El fin del trabajo y La tercera revolución industrial- fue uno de los primeros en mostrar un leve optimismo al enunciar las esperanzas que podrían aportar las plantas desalinizadoras de agua de mar, que comenzaron a proliferar en todo el mundo. En la actualidad, operan unas 22.000 centrales implantadas sobre todo en las monarquías del Golfo, donde producen entre 70% y 90% del consumo nacional. Los últimos años registraron una fuerte expansión en España -primer productor europeo de agua desalinizada-, Estados Unidos (en particular California, Texas y Florida), China, India y Australia. La actual batería de usinas, sin embargo, apenas satisface el consumo de 660 millones de personas, que representan 8% de la población. Para responder a la demanda global habría que construir 250.000 a 300.000 nuevas plantas, que permitirían multiplicar por 12 o 13 la producción actual. Alcanzar ese nivel requiere un monto colosal de inversiones, teniendo en cuenta los costos de construcción: la inversión prevista para la futura planta jordana Aqaba-Amman, que deberá producir unos 851.000 m³ diarios, es de 4600 millones de dólares.

Tuberías de agua de la planta desalinizadora de Carlsbad, en la ciudad del mismo nombre, en California
Tuberías de agua de la planta desalinizadora de Carlsbad, en la ciudad del mismo nombre, en CaliforniaAnnika Hammerschlag – AP

El problema más agudo es que el agua –junto con el hambre– es uno de los principales detonadores de tensiones sociales extremas. La experiencia histórica demostró que, cada vez más, representa un factor de fragilidad internacional, como demuestra la cadena de focos de conflicto que se acumulan entre los 11 países que comparten los recursos del Nilo en los 6.671 km de su recorrido: desde 1840 se construyeron 90 represas de diversas dimensiones y hay otros 60 a 80 proyectos. Todos son polvorines que pueden estallar en cualquier momento. El caso más significativo fue la guerra entre Egipto y Etiopía en 1875-1876. Ese riesgo reaparece cíclicamente desde los años 1970, cuando Egipto inauguró la represa de Assuan y Etiopía replicó anunciando la construcción del grandioso dique Renacimiento, cuyas obras solo pudieron comenzar en 2011.

Esos precedentes confirman que la suma de cinco factores (cambio climático, sumado al abuso de los recursos hídricos, la demanda de consumo de las poblaciones y de la actividad económica, las desigualdades sociales y la incapacidad de gobernanza) serán los principales motores de conflicto e inestabilidad mundial durante el resto del siglo.

Cuando estalle ese incendio, no habrá agua que alcance para sofocar esas llamas.

Especialista en inteligencia económica y periodista



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