En el Gobierno libertario ya no hay interna, hay “Los Juegos del Hambre”, edición Casa Rosada. El problema es que todos quieren ser Katniss, nadie quiere ser presidente y el país quedó mirando desde la tribuna con pochoclos vencidos.
La tropa libertaria pasó de prometer “terminar con la casta” a practicar un deporte mucho más argentino: serrucharse entre compañeros con una alegría conmovedora. Lo que antes era un espacio político ahora parece un grupo de vendedores de Herbalife discutiendo quién se quedó con la comisión del primo.
Karina Milei maneja el poder con la severidad de una preceptora de escuela técnica. Santiago Caputo opera desde las sombras como si fuera Batman, pero versión monotributista y con community managers rabiosos. Y Martín Menem aparece en el medio tratando de sobrevivir a una guerra de trolls que parece organizada por adolescentes sobrecargados de Monster Energy.
Mientras tanto, Javier Milei intenta poner orden diciendo que “está todo bien”. Claro. También el Titanic tenía “todo bien” hasta que el iceberg les hizo auditoría externa, la Casa Rosada hoy tiene clima de divorcio conflictivo. Nadie se habla, todos sospechan, circulan chats filtrados, operaciones, carpetazos y cuentas truchas, y termina llorando en TN.
El oficialismo ya no parece un gobierno: parece una aplicación manejada por gente que vio dos videos de YouTube sobre liderazgo y ahora cree que el Gral. San Martín escribió para los trolls de Twitter.
Y mientras ellos se pelean por el joystick del poder, la economía sigue haciendo parkour sobre un edificio en llamas, el dólar sube, baja, rebota y amenaza con pedir ciudadanía en Groenlandia para escapar del estrés.
Lo más maravilloso es que todos se dicen “liberales”, pero viven controlándose entre sí como madres tóxicas revisando el celular de la nena de 15 años. La gestión avanza con la armonía de una murga atropellada por un camión atmosférico, cada funcionario cuida su parcela como si fuera un puestito de panchos en la calle donde pusieron los carritos, y cada reunión política tiene la tensión emocional de una mesa navideña después de tres sidras y media. El verdadero ajuste no lo está haciendo el FMI, lo están haciendo entre ellos. A mordiscones Pit-Bull.

