Mientras la economía empieza a mostrar algunos indicadores que el oficialismo esperaba exhibir como trofeos de gestión, las peleas internas, los cortocircuitos libertarios y la tensión permanente dentro del poder terminan tapando cualquier intento de festejo político.
La administración de Javier Milei acumula datos que, en otro contexto, serían usados como bandera: crecimiento de actividad económica, estabilidad cambiaria, respaldo del FMI, mejora en reservas y señales positivas desde sectores como minería, petróleo y agro. Pero el problema ya no parece económico. El problema es político.
El oficialismo vive atrapado en una especie de reality show de internas permanentes. Mientras algunos funcionarios intentan vender recuperación, otros se dedican a dinamitar compañeros, filtrar peleas y convertir cada semana en una guerra de egos. El resultado es insólito: un gobierno que consigue noticias que podrían fortalecerlo, pero no logra capitalizarlas porque pasa más tiempo apagando incendios propios que construyendo relato.
En paralelo, la calle sigue lejos del optimismo técnico. Porque aunque ciertos sectores económicos muestran dinamismo, millones de argentinos continúan contando monedas para llegar a fin de mes. Ahí aparece la gran contradicción: los gráficos pueden sonreír, pero el humor social todavía mastica bronca, cansancio e incertidumbre.
La baja parcial de retenciones anunciada para algunos sectores agrícolas buscó reforzar la idea de que el Gobierno puede reducir impuestos gracias al superávit fiscal. Sin embargo, incluso esas medidas quedaron rápidamente sepultadas por la pelea política cotidiana y la sensación de desorden interno.
El oficialismo parece vivir una paradoja extraña: tiene indicadores para mostrar, pero no clima para celebrarlos. Y cuando un gobierno habla más de sus propios conflictos que de sus resultados, la oposición ni siquiera necesita esforzarse demasiado. El desgaste se fabrica solo.

