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¿Qué pasó con la India? El gigante que pasó de un vínculo privilegiado con Trump a la desconfianza

Última actualización: 23 de mayo de 2026 7:11 am
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El mismo mes, el presidente Donald Trump llamó “país de mierda” al hogar del líder al que alguna vez le había prometido que “siempre sería su amigo”, y elogió como un “dirigente muy competente” al jefe de Estado de una nación a la que hasta hacía poco acusaba de ser un “santuario de terroristas”. ¿Qué pasó? ¿La India y Pakistán hicieron una versión geopolítica de Un viernes de locos?

Pero no fue solo otro volantazo retórico en el inflamable universo emocional del presidente norteamericano. La relación entre Washington y Nueva Delhi parece haber entrado en una fase de terapia intensiva, atravesada por reproches personales, diferencias estratégicas y una incomodidad cada vez más visible entre Trump y el primer ministro Narendra Modi, dos líderes que durante años habían cultivado una relación casi simbiótica.

El presidente Donald Trump, a la derecha, abraza al primer ministro de la India, Narendra Modi, durante una conferencia de prensa en el Salón Este de la Casa BlancaBen Curtis – AP

De fondo, además, aparece una promesa que empieza a perder nitidez. Durante años, Washington presentó a la India como una de sus grandes apuestas estratégicas del siglo XXI, un socio demográfico, tecnológico y militar llamado a ganar peso en el Indo-Pacífico, equilibrar el ascenso de China y convertirse en una pieza indispensable de la arquitectura regional diseñada por Estados Unidos.

“La India se vio sacudida durante el último año por acontecimientos geopolíticos imprevistos e indeseados. Los conflictos globales y regionales le plantearon a Nueva Delhi más riesgos y desafíos que oportunidades. Por encima de todo, Nueva Delhi perdió la confianza que tenía en el respaldo de Washington”, dijo a LA NACION Daniel Markey, especialista en Asia del Sur del Stimson Center y autor de varios libros sobre la región.

Pero, ¿qué cambió? La respuesta aparece dispersa en una secuencia de episodios ocurridos durante el convulsionado segundo mandato de Trump.

El primer aviso llegó en febrero de 2025, apenas unos días después de su regreso a la Casa Blanca. Modi fue uno de los primeros líderes invitados por Trump, un gesto destinado a subrayar la relevancia estratégica de la India en el nuevo ciclo republicano. La recepción tuvo toda la pompa de las grandes ocasiones. Alfombra roja, sonrisas, elogios y esa coreografía de afinidad viril que ambos habían perfeccionado durante años. A primera vista, la sociedad seguía intacta. Pero debajo del brillo del decorado ya empezaban a insinuarse las primeras grietas.

Una conferencia de prensa con el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro de la India, Narendra Modi, en la Sala Este de la Casa BlancaAlex Brandon – AP

Durante esa visita, Trump dejó claro que la amistad tenía letra chica. Advirtió que la India no quedaría exenta de su política de aranceles recíprocos, cuestionó los gravámenes indios, a los que calificó de “muy injustos y fuertes”, y volvió sobre una de sus obsesiones recurrentes: el déficit comercial, que en 2023 rondaba los 50.000 millones de dólares.

Nueva Delhi intentó contener el frente con concesiones. Aceptó abrir conversaciones para resolver disputas comerciales y arancelarias, prometió comprar más petróleo, gas y equipamiento militar estadounidense, y ambos gobiernos se fijaron como objetivo alcanzar un primer acuerdo comercial hacia el otoño boreal de 2025. Modi incluso habló de elevar el intercambio bilateral a 500.000 millones de dólares para 2030. Trump, menos lírico, insistió en que quería un terreno de juego “justo”.

Por otro lado, Trump ofreció mediar en las tensiones fronterizas entre la India y China. Nueva Delhi rechazó la propuesta con un tono cortés, pero inequívoco. Modi podía prestarse a la diplomacia del abrazo; no a permitir que Washington administrara sus líneas rojas.

El encuentro dejó, así, un sabor semiamargo. El primer ministro indio había llegado convencido de que todavía hablaba con fluidez el idioma de Trump. Pero la visita reveló una dinámica menos cómoda.

El presidente ruso, Vladimir Putin, el primer ministro indio, Narendra Modi, y el presidente chino, Xi Jinping, conversan antes de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en el Centro de Convenciones y Exposiciones Meijiang en TianjinSUO TAKEKUMA – POOL

“La India interpretó mal a Trump 2.0 desde el comienzo”, señaló Markey. “Nueva Delhi asumió que sería un regreso a la antigua cordialidad, cuando en realidad la Casa Blanca pretendía jugar duro, sobre todo en materia comercial”.

Durante los meses siguientes floreció otro foco de tensión. Washington esperaba que Nueva Delhi redujera sus compras de crudo ruso y se alineara con mayor claridad con el esfuerzo occidental para aislar a Moscú. La India hizo lo contrario. Antes de la guerra en Ucrania, el petróleo ruso representaba menos del 1% de sus importaciones; para 2025, según el secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessent, ya rondaba el 42%. Datos de mercado citados por Reuters ubicaban las compras indias en torno a 1,7 millones de barriles diarios en julio de 2025, cerca del 35% de sus importaciones totales de crudo.

Para Harsh V. Pant, vicepresidente de estudios y política exterior de la Observer Research Foundation, la ofensiva de Trump reforzó una vieja doctrina india: el multialineamiento. “La India necesita múltiples asociaciones y vínculos construidos en sus propios términos”, dijo a LA NACION.

Quizá el verdadero punto de quiebre, sin embargo, tuvo que ver con algo mucho más personal para ambos líderes: una vieja rivalidad y un premio codiciado. Todo empezó en abril de ese año, con el ataque terrorista en Pahalgam, en la Cachemira administrada por la India.

India: un turista grabó de casualidad el inicio de la masacre en Cachemira mientras se deslizaba en tirolesa

El 22 de abril, un grupo de turistas recorría la pradera de Baisaran cuando hombres armados salieron del bosque y empezaron a separar a las víctimas por religión. Preguntaban nombres, revisaban documentos y les exigían recitar la kalima, una profesión de fe islámica, para identificar a los no musulmanes, en especial hindúes. Después dispararon a corta distancia. En pocos minutos, el pasto quedó sembrado de cuerpos, mochilas, zapatos y pertenencias abandonadas. El ataque dejó 26 muertos.

Rápidamente, la crisis escaló de manera vertiginosa. La India acusó a Pakistán de tolerar redes terroristas transfronterizas y respondió con una batería de castigos diplomáticos, comerciales y migratorios, incluida la suspensión de su participación en el Tratado de Aguas del Indo. Islamabad contestó con su propio portazo; cerró el espacio aéreo a las aerolíneas indias, suspendió el comercio, frenó visas y advirtió que cualquier intento de bloquear o desviar el agua correspondiente a Pakistán sería considerado un “acto de guerra”.

Durante los días siguientes, la tensión se acumuló como una carga eléctrica a ambos lados de la Línea de Control hasta que, el 7 de mayo, Nueva Delhi lanzó la Operación Sindoor, una ofensiva con misiles contra supuestos objetivos terroristas. Pakistán denunció ataques contra civiles y respondió con artillería, drones y misiles. La India lanzó luego una segunda ola de bombardeos contra bases aéreas paquistaníes que, según cifras oficiales indias, destruyó el 20% del poder aéreo del país vecino.

Cuando el intercambio empezaba a empujar a las dos potencias nucleares hacia un terreno imprevisible, se abrió una puerta lateral. Según la versión india, Islamabad tanteó una salida por el canal militar directo. El 10 de mayo, tras horas de contactos y presiones cruzadas, los jefes de operaciones militares de ambos países acordaron un alto el fuego.

Activistas del partido Congreso de la India queman una efigie del presidente estadounidense Donald Trump por lo que consideran su injerencia en el conflicto entre India y Pakistán, durante una protesta en CalcutaDIBYANGSHU SARKAR – AFP

Nueva Delhi presentó el desenlace como una victoria propia. Según la versión oficial india, el fin del enfrentamiento fue consecuencia de su “contundente superioridad militar”, que habría forzado a Pakistán a detener las hostilidades.

Pero esa construcción rápidamente quedó dinamitada por la irrupción de Trump. El presidente se atribuyó el mérito del alto el fuego y escribió en Truth Social que, después de “una larga noche de conversaciones mediadas por Estados Unidos”, la India y Pakistán habían acordado un cese “pleno e inmediato”. Para Nueva Delhi fue una escena irritante. Islamabad, en cambio, abrazó esa versión con entusiasmo y encontró en el relato de la mediación norteamericana una forma perfecta de incomodar a su rival histórico.

El malestar de Modi ante el autobombo de Trump se hizo evidente el 17 de junio, en una llamada de 35 minutos al margen del G7 en Canadá, según reveló The New York Times. El primer ministro indio le recordó a su supuesto “amigo” que Estados Unidos no había tenido ningún papel en el alto el fuego con Pakistán, apenas otro capítulo de una rivalidad abierta desde hace casi ocho décadas. Por su parte, Trump dejó deslizar que Pakistán estaba dispuesto a postularlo para el Nobel de la Paz, una insinuación que buscaba arrastrar a Nueva Delhi hacia su propio relato de pacificador global.

Después de esa conversación, el vínculo entró en una espiral de deterioro. Trump empezó a endurecer públicamente el frente comercial y su gobierno impuso primero un arancel “recíproco” del 25% a productos indios. Luego sumó otro 25% como castigo por las compras de petróleo ruso, lo que llevó el total al 50%, uno de los niveles más altos aplicados a un socio comercial importante. Nueva Delhi rechazó la medida como “injusta, injustificada e irrazonable” y defendió sus compras energéticas como una necesidad para mantener precios accesibles para su población.

El presidente Donald Trump junto a María Corina Machado, en el Salón OvalDaniel Torok / The White House

Dentro de la India, la pulseada también tuvo efecto político. Crecieron los llamados a boicotear marcas estadounidenses y las críticas contra Modi por no responder con más dureza. Pocos imaginaban que el primer ministro, que llegó a su tercer mandato con la promesa ambiciosa de convertir su liderazgo y a su país en protagonistas centrales del tablero global, terminaría atrapado en esta situación.

En paralelo, Pakistán vio en la crisis una oportunidad para empezar a limpiar su imagen de paria internacional. Lo hizo con una estrategia de adulación directa a Trump y con una oferta de utilidad geopolítica que luego le permitió ganar centralidad en otro frente sensible para la Casa Blanca, el de Irán.

Pero esa maniobra no parece alterar la lectura de Nueva Delhi. “La forma en que Trump manejó la crisis entre la India y Pakistán incomodó a muchas personas en la India respecto del papel de Estados Unidos”, dijo Pant. “Sin embargo, no creo que muchos responsables de la política india estén perdiendo el sueño por eso. La sensación en la India es que, desde su perspectiva, Pakistán no aporta nada de gran relevancia a la mesa cuando se trata de compromisos globales”. Para la India, agregó, el verdadero desafío estratégico sigue siendo China.

Con el paso de los meses, ambos gobiernos empezaron a buscar una salida pragmática. Así, la relación entró en una etapa de recomposición cautelosa. En febrero de 2026, Trump anunció un acuerdo para reducir los aranceles del 50% al 18%, vinculado a un compromiso de la India de dejar de comprar petróleo ruso y aumentar sus adquisiciones de productos estadounidenses.

La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, recibe a su homólogo indio, Narendra Modi, para una reunión en Villa Doria Pamphili, en RomaALBERTO PIZZOLI – AFP

La recomposición no implica un regreso a la confianza plena. “Ya estamos en una nueva fase de incertidumbre geopolítica sobre las preferencias de Estados Unidos”, advirtió Markey. “Nada es automático en el momento actual”.

Esta semana, Marco Rubio viajará a la India del 23 al 26 de mayo con una agenda centrada en comercio, defensa y energía, en un nuevo intento por encarrilar el vínculo. Pero el problema, advierten los expertos, no está solo en los ajustes pendientes de la relación bilateral, sino en una diferencia más profunda sobre cómo Nueva Delhi entiende su lugar en el mundo.

La India, señalan, no se apartó demasiado de su hoja de ruta. Mantuvo su apuesta por el multialineamiento, una política exterior basada en cultivar varias asociaciones al mismo tiempo para preservar margen de maniobra. Pant explicó que, durante el último año y medio, Nueva Delhi “siguió haciendo lo que siempre hizo; invertir en otro tipo de alianzas y participar en plataformas simultáneas”, desde Europa hasta los Brics y el Quad, porque esos compromisos “le permiten ganar mayor espacio estratégico”. El libreto indio no cambió tanto. Lo que cambió fue la paciencia de Trump para leerlo.




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