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Murió Edmund Phelps, el Nobel de Economía que defendió la innovación y la libertad creadora

Última actualización: 17 de mayo de 2026 9:51 am
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Edmund S. Phelps, Premio Nobel de Economía 2006, sostenía que una sociedad próspera no requería simplemente más consumo, más gasto o más estadísticas favorables, sino convertirse en una sociedad en la que muchas personas pueden imaginar, ensayar, equivocarse, corregir y crear. Su gran enseñanza fue que el crecimiento nace de la innovación, pero no exclusivamente de la proveniente de laboratorios, ministerios o grandes empresas protegidas, sino de la energía dispersa de millones de individuos que buscan una idea nueva y se animan a probarla.

El economista falleció a los 94 años.

Ya había demostrado los errores de las políticas inflacionarias, desarrolló entonces las ideas de dinamismo económico e inclusión social desde su gestión como director del Center on Capitalism and Society en la Universidad de Columbia.

En su libro Mass Flourishing, Phelps describió cómo la prosperidad moderna surgió cuando el trabajo dejó de ser mera rutina y se convirtió en una experiencia de desafío, aprendizaje y autoexpresión. La innovación no aparece como un rayo caído desde la ciencia hacia la economía, sino como un proceso amplio: alguien observa un problema, imagina un método distinto, consigue apoyo, persuade a otros, encuentra consumidores dispuestos a probar y, si tiene éxito, transforma la vida ordinaria. Allí está el centro de su pensamiento: la economía moderna no es una máquina de producir objetos, sino un sistema de descubrimiento.

Mass Flourishing, de Edmund Phelps

Por eso Phelps fue un crítico severo del corporativismo. El corporativismo promete armonía social, protección y unidad nacional, pero termina cerrando la economía a los recién llegados. Protege a empresas instaladas contra la competencia, convierte a sindicatos centralizados en guardianes de privilegios, multiplica regulaciones, reparte subsidios y entrega al Estado la facultad de decidir quién puede entrar, producir, contratar o innovar. En nombre de la estabilidad, ahoga el experimento; en nombre de la justicia social, castiga al principiante; en nombre de la comunidad, sospecha del individuo creador.

La desregulación, en la doctrina de Phelps, no es un lema administrativo ni una preferencia ideológica abstracta. Es una condición de libertad creadora. Si una persona tiene una idea, debe poder fundar una empresa sin atravesar una carrera de obstáculos. Si un joven empresario descubre una oportunidad, no debe ser derrotado antes de empezar por permisos imposibles, costos laborales diseñados para grandes compañías o barreras levantadas por competidores protegidos. Una sociedad dinámica necesita derechos de propiedad, contratos confiables, financiamiento para proyectos inciertos, mercados abiertos y reglas generales. Pero necesita también algo más difícil: una cultura que valore la iniciativa, la ambición legítima, la curiosidad y el deseo de hacer una diferencia.

Phelps apuntaba al crecimiento mediante el emprendedurismo

En esa visión, el crecimiento económico depende menos de administrar la demanda o de repartir privilegios que de permitir que se desarrollen nuevas ideas. En su obra Dynamism, sobre los valores que crean la innovación, agrega que el dinamismo no se decreta ni se compra con planes públicos. Surge cuando muchas personas participan en la aventura de descubrir qué puede hacerse y qué vale la pena producir. La economía de Phelps es, por eso, profundamente humanista. La innovación no sólo aumenta salarios o productividad; también cambia la experiencia de vivir. Da a las personas la posibilidad de enfrentar problemas nuevos, de aprender en el trabajo, de sentirse protagonistas y no meros beneficiarios de un aparato estatal.

Hay en Phelps una idea de nuevo Renacimiento. Como en la Italia renacentista que tanto admiraba la persona vuelve al centro: su imaginación, su juicio, su voz propia, su derecho a explorar. Tenía una admiración por BenMurió Edmund Phelps, el Nobel de Economía que puso la innovación en el centro del crecimiento

El economista sostuvo que el desarrollo exige romper con el corporativismo y liberar la energía creativa de nuevos emprendedores

Edmund S. Phelps, Premio Nobel de Economía 2006 sostenía que una sociedad próspera no requería simplemente más consumo, más gasto o más estadísticas favorables, sino convertirse en una sociedad en la que muchas personas pueden imaginar, ensayar, equivocarse, corregir y crear. Su gran enseñanza es que el crecimiento nace de la innovación, pero no exclusivamente de la proveniente de laboratorios, ministerios o grandes empresas protegidas, sino de la energía dispersa de millones de individuos que buscan una idea nueva y se animan a probarla.

El economista falleció a los 94 años.

Ya había demostrado los errores de las políticas inflacionarias, desarrolló entonces las ideas de dinamismo económico e inclusión social desde su gestión como Director del Center on Capitalism and Society en la Columbia University.

En su libro Mass Flourishing, Phelps describió cómo la prosperidad moderna surgió cuando el trabajo dejó de ser mera rutina y se convirtió en una experiencia de desafío, aprendizaje y autoexpresión. La innovación no aparece como un rayo caído desde la ciencia hacia la economía, sino como un proceso amplio: alguien observa un problema, imagina un método distinto, consigue apoyo, persuade a otros, encuentra consumidores dispuestos a probar y, si tiene éxito, transforma la vida ordinaria. Allí está el centro de su pensamiento: la economía moderna no es una máquina de producir objetos, sino un sistema de descubrimiento.

Por eso Phelps fue un crítico severo del corporativismo. El corporativismo promete armonía social, protección y unidad nacional, pero termina cerrando la economía a los recién llegados. Protege a empresas instaladas contra la competencia, convierte a sindicatos centralizados en guardianes de privilegios, multiplica regulaciones, reparte subsidios y entrega al Estado la facultad de decidir quién puede entrar, producir, contratar o innovar. En nombre de la estabilidad, ahoga el experimento; en nombre de la justicia social, castiga al principiante; en nombre de la comunidad, sospecha del individuo creador.

La desregulación, en la doctrina de Phelps, no es un lema administrativo ni una preferencia ideológica abstracta. Es una condición de libertad creadora. Si una persona tiene una idea, debe poder fundar una empresa sin atravesar una carrera de obstáculos. Si un joven empresario descubre una oportunidad, no debe ser derrotado antes de empezar por permisos imposibles, costos laborales diseñados para grandes compañías o barreras levantadas por competidores protegidos. Una sociedad dinámica necesita derechos de propiedad, contratos confiables, financiamiento para proyectos inciertos, mercados abiertos y reglas generales. Pero necesita también algo más difícil: una cultura que valore la iniciativa, la ambición legítima, la curiosidad y el deseo de hacer una diferencia.

En esa visión, el crecimiento económico depende menos de administrar la demanda o de repartir privilegios que de permitir que se desarrollen nuevas ideas. En su obra Dynamism, sobre los valores que crean la innovación, agrega que el dinamismo no se decreta ni se compra con planes públicos. Surge cuando muchas personas participan en la aventura de descubrir qué puede hacerse y qué vale la pena producir. La economía de Phelps es, por eso, profundamente humanista. La innovación no sólo aumenta salarios o productividad; también cambia la experiencia de vivir. Da a las personas la posibilidad de enfrentar problemas nuevos, de aprender en el trabajo, de sentirse protagonistas y no meros beneficiarios de un aparato estatal.

Hay en Phelps una idea de nuevo Renacimiento. Como en el Renacimiento histórico, de Italia renacentista que tanto admiraba la persona vuelve al centro: su imaginación, su juicio, su voz propia, su derecho a explorar. Tenía una admiración por Benvenuto Cellini, ejemplo de una sociedad renacentista sin temor al talento individual ni sospechosa del éxito. No confunde igualdad con inmovilidad. Sabe que la creación implica incertidumbre, fracasos, empresas que nacen y desaparecen, viejas posiciones que pierden comodidad y nuevos actores que entran en escena. Pero también sabe que sin ese movimiento no hay progreso verdadero, sino una lenta administración de la decadencia.

Este mensaje tiene una fuerza especial para la Argentina. Phelps miró a nuestro país con afecto y con preocupación, y solía recordar el tango “Por una cabeza”. Vio sus recursos, su inteligencia, su tradición urbana, su educación, su capacidad empresarial latente. Pero también advirtió el peso de una cultura corporativa que durante décadas prefirió la protección a la competencia, la renta al riesgo, el privilegio a la innovación y la transferencia estatal al trabajo creador. En el artículo que escribimos sobre América del Sur, señalamos que la región no carece de talento: carece, demasiadas veces, de instituciones y valores que permitan a ese talento florecer.

Pensaba que la Argentina podría desarrollarse si abandona la idea de que la riqueza se genera desde una mesa de negociación entre el Estado, las cámaras empresarias y las corporaciones sindicales. Esa mesa puede distribuir poder; no crea dinamismo. Puede decidir tarifas, cupos, subsidios o prohibiciones; no produce descubrimientos. El desarrollo exige abrir la economía a quienes aún no tienen representación porque todavía no existen: las empresas nuevas, las ideas imprevistas, las tecnologías nacientes, los jóvenes que no piden protección sino permiso para competir.

Pienso que honrar a Phelps no consiste sólo en recordar a un Nobel ilustre sino en tomar en serio su advertencia de la necesidad de un cambio de ideas. Una nación que desconfía de la innovación termina castigando a sus mejores posibilidades. Una nación que protege indefinidamente a los instalados condena a los que podrían crear lo nuevo. Una nación que convierte cada conflicto en una negociación corporativa pierde la energía moral de la libertad.

Señalaba cómo recuperar esa energía. Inclusive indicando a países europeos sobre la necesidad de un nuevo Renacimiento económico y cultural: menos miedo a la competencia, menos reverencia por las estructuras heredadas, menos burocracia para iniciar proyectos, más confianza en quienes quieren inventar, producir y exportar. Phelps enseñó que la prosperidad no es sólo ingreso: es florecimiento. Ese florecimiento ocurre cuando cada persona puede participar en la creación de lo nuevo. venuto Cellini, ejemplo de una sociedad renacentista sin temor al talento individual ni sospechosa del éxito. No confunde igualdad con inmovilidad. Sabe que la creación implica incertidumbre, fracasos, empresas que nacen y desaparecen, viejas posiciones que pierden comodidad y nuevos actores que entran en escena. Pero también sabe que sin ese movimiento no hay progreso verdadero, sino una lenta administración de la decadencia.

Edmund Phelps falleció a los 94 años

Este mensaje tiene una fuerza especial para la Argentina. Phelps miró a nuestro país con afecto y con preocupación, recuerdo como recordaba el tango “Por una cabeza”. Vio sus recursos, su inteligencia, su tradición urbana, su educación, su capacidad empresarial latente. Pero también advirtió el peso de una cultura corporativa que durante décadas prefirió la protección a la competencia, la renta al riesgo, el privilegio a la innovación y la transferencia estatal al trabajo creador. En el artículo que escribimos sobre América del Sur, señalamos que la región no carece de talento: carece, demasiadas veces, de instituciones y valores que permitan a ese talento florecer.

Pensaba que la Argentina podría desarrollarse si abandona la idea de que la riqueza se genera desde una mesa de negociación entre el Estado, las cámaras empresarias y las corporaciones sindicales. Esa mesa puede distribuir poder; no crea dinamismo. Puede decidir tarifas, cupos, subsidios o prohibiciones; no produce descubrimientos. El desarrollo exige abrir la economía a quienes aún no tienen representación porque todavía no existen: las empresas nuevas, las ideas imprevistas, las tecnologías nacientes, los jóvenes que no piden protección sino permiso para competir.

Pienso que honrar a Phelps no consiste sólo en recordar a un Nobel ilustre sino en tomar en serio su advertencia de la necesidad de un cambio de ideas. Una nación que desconfía de la innovación termina castigando a sus mejores posibilidades. Una nación que protege indefinidamente a los instalados condena a los que podrían crear lo nuevo. Una nación que convierte cada conflicto en una negociación corporativa pierde la energía moral de la libertad.

Señalaba como recuperar esa energía. Inclusive indicando a países europeos sobre la necesidad de un nuevo Renacimiento económico y cultural: menos miedo a la competencia, menos reverencia por las estructuras heredadas, menos burocracia para iniciar proyectos, más confianza en quienes quieren inventar, producir y exportar. Phelps enseñó que la prosperidad no es sólo ingreso: es florecimiento. Ese florecimiento ocurre cuando cada persona puede participar en la creación de lo nuevo.




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