CIUDAD DE HO CHI MINH, Vietnam.– Polonia pronto albergará líneas de producción de tanques surcoreanos. Australia está comprando buques de guerra a Japón. Canadá enviará uranio a la India, mientras que la India ofrece misiles de crucero a Vietnam, y Brasil fabrica aviones de transporte militar para los Emiratos Árabes Unidos.
Todos estos acuerdos se cerraron en las últimas semanas. Cada uno representa un intento de las potencias intermedias por protegerse mientras el conflicto en Irán asfixia el suministro energético global y se avecina una cumbre de alto riesgo entre el presidente Trump y Xi Jinping de China.
Las encuestas globales muestran que el mundo tiene poca confianza en Estados Unidos y en China. Tanto Trump como Xi han utilizado su enorme poder en materia de comercio y seguridad para coaccionar o castigar. Y, como respuesta, las naciones más pequeñas se comportan como si estuvieran atrapadas en “Godzilla” o en “Dune”: se mueven en silencio, en grupos pequeños, tratando de no provocar la ira de gigantes caprichosos.
“Son cincuenta matices de cobertura”, dijo Richard Heydarian, un politólogo filipino de la Universidad de Oxford. O, como lo expresó Ja Ian Chong, analista de seguridad en Singapur: “Ningún actor quiere enfrentarse a Pekín y ahora tampoco a Washington”.
Para los países que observan desde lejos, el temor y la esperanza sobrevuelan la reunión entre Trump y Xi en Pekín, prevista para esta semana. En Asia –la región golpeada con mayor rapidez y dureza por la escasez de petróleo causada por la guerra en Medio Oriente y por el férreo control de China sobre las exportaciones de productos derivados del crudo– el ánimo es particularmente sombrío. Entrevistas con funcionarios y declaraciones de líderes que recorren el mundo en busca de acuerdos comerciales y de defensa sugieren que la mayoría de las potencias medias se sienten desbordadas por el deterioro del orden mundial.
Muchos creen que la cumbre tiene más potencial de causar daño que de ofrecer ayuda. Y el enfoque impulsivo de Trump frente a cuestiones complejas es la principal fuente de ansiedad.
Desde hace meses, funcionarios en Asia temen que el presidente esté demasiado dispuesto a cerrar un acuerdo con Xi, poniendo fin a las ventas de armas a Taiwán o aceptando una redacción política más ambigua que facilite a China socavar a la isla democrática.
“Ese sería el peor de los escenarios”, dijo un funcionario taiwanés que habló bajo condición de anonimato para referirse a asuntos internos del gobierno. Aun así, insistió en que una reducción del apoyo de Estados Unidos es poco probable.
Pero cualquier concesión respecto de Taiwán podría llevar a otros socios estadounidenses a temer el abandono. El impulso de Pekín por imponer obediencia en otros territorios en disputa se vería fortalecido, desde la frontera con la India hasta el mar de China Meridional.
Funcionarios vietnamitas señalaron que, si el presidente Trump realiza un gesto conciliador o halaga a Xi, incluso sin concesiones mayores, China ganará margen para presionar con más fuerza a los países más pequeños.
Otra preocupación que se debate en toda la región es que Trump pueda modificar planes de seguridad de largo plazo a cambio de mejores condiciones económicas con China.
La decisión de Trump de desviar un grupo de ataque de portaaviones desde el Pacífico y municiones desde Corea del Sur hacia la guerra en Irán puede haber generado impulso para redespliegues más amplios. Cuando el Pentágono anunció que retiraría al menos 5000 tropas de Alemania tras la molestia expresada por Trump hacia el canciller alemán, los aliados en Asia volvieron a recordar cuán rápidamente puede debilitarse la disuasión colectiva.
Trump ha amenazado en el pasado con retirar tropas de Japón –que alberga a unos 53.000 efectivos militares estadounidenses, más que cualquier otro país– y de Corea del Sur, donde están destinados otros 24.000. Si pudiera obtener algo importante de Xi a cambio de una reducción de fuerzas, ¿rechazaría el acuerdo?
Los analistas señalaron que planes rechazados por China, como AUKUS –el pacto entre Australia, Inglaterra y Estados Unidos diseñado para contrarrestar la influencia de Pekín mediante el suministro a Australia de submarinos de propulsión nuclear y tecnología avanzada– también podrían cancelarse de manera repentina.
“La sensación de que los aliados de Estados Unidos tienen que mirarse entre sí porque ya no pueden mirar a Estados Unidos es muy real”, afirmó Hugh White, exfuncionario de inteligencia australiano y profesor de estudios estratégicos en la Universidad Nacional de Australia.
Esa percepción es mucho más fuerte de lo que sugiere “el lenguaje público cauteloso” de los líderes nacionales, añadió.
Funcionarios europeos y asiáticos suelen hablar en privado con franqueza sobre la pérdida de confianza en Estados Unidos, lo que impulsa un esfuerzo sin retorno por diversificarse y depender menos de ese país. En conversaciones informales con periodistas, pueden sonar muy parecidos al primer ministro canadiense Mark Carney, quien este año recibió una ovación de pie en Davos por un discurso en el que afirmó: “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”.
Pero en público son más prudentes. Algunos funcionarios admiten que sus países intentan ganar tiempo y esquivar los arrebatos de Trump, mientras continúan representando una lealtad imperial.
Funcionarios surcoreanos simplemente han expresado resignación ante los desvíos militares de Estados Unidos, después de haber dejado en claro que se sintieron traicionados en 2004, cuando el presidente George W. Bush anunció planes para trasladar tropas desde Asia hacia la guerra en Irak. Australia, Taiwán y Japón destacan pública y reiteradamente el valor del liderazgo estadounidense sin matices, aun cuando los aranceles de Estados Unidos y la guerra que Trump inició con Irán golpean con fuerza sus economías.
Nadie quiere ser visto saliéndose de la línea.
La nueva primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, ha sido más audaz que la mayoría en su intento por fortalecer vínculos con otros países. Sin embargo, incluso mientras recorría la región promoviendo la cooperación militar, en Tokio había preocupación por cómo Washington interpretaría esos esfuerzos.
“Los japoneses no quieren que la gira de cooperación en seguridad de Takaichi, especialmente hacia Australia, sea vista como una versión de Mark Carney”, dijo Michael J. Green, autor de varios libros sobre Japón y director ejecutivo del Centro de Estudios sobre Estados Unidos en la Universidad de Sídney.
Otros parecen haber llegado a la misma conclusión. Las recientes visitas de Carney a la India y Australia no dieron lugar a declaraciones firmes de sus líderes que replicaran su crítica a la rivalidad entre grandes potencias ni su advertencia de que, si las potencias medias “no están en la mesa, están en el menú”.
Al mismo tiempo, muchos países –incluidos algunos que se benefician del fortalecimiento de los vínculos entre potencias medias– han sido cuidadosos de no irritar al otro hegemón mundial, China.
Naciones que gestionan sus propias disputas con Pekín, como Indonesia, han hecho menos de lo que en Tokio hubieran deseado para alinearse con Japón, desde que Takaichi quedó envuelta en una crisis diplomática tras declarar ante el Parlamento que, si China atacaba Taiwán, Japón podría responder militarmente.
Funcionarios vietnamitas incluso pidieron a Takaichi que evitara criticar directamente a China en su discurso del 2 de mayo en una universidad de Hanói, según diplomáticos que hablaron bajo condición de anonimato para describir conversaciones sensibles. No está claro si se realizaron ajustes. Más tarde, funcionarios chinos condenaron sus gestiones diplomáticas calificándolas de “preparativos de guerra”.
Y, sin embargo, como señal de cómo las potencias medias están haciendo más mientras dicen menos, ambos países firmaron seis acuerdos de cooperación, incluido uno sobre intercambio de datos satelitales y otro para asegurar suministros destinados a la mayor refinería de petróleo de Vietnam, lo que podría aliviar la escasez.
“Estados Unidos se ha vuelto más poco confiable, por lo que tiene sentido intentar desarrollar alternativas”, dijo Robert O. Keohane, profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Princeton. Incluso si lo que se ha conformado hasta ahora es insuficiente, añadió, “tener una alternativa débil es mejor que no tener ninguna alternativa”.

