En Argentina si no hay sospecha de corrupción, no arranca ni una retroexcavadora. El proyecto MARA —nombre marketinero si los hay— quedó atrapado en una causa judicial que huele peor que pileta de lixiviación en verano. La jueza María Romilda Servini investiga si empresas mineras y funcionarios jugaron al “no vi nada” mientras avanzaban alegremente sobre una zona glaciar, esas que la ley dice “NO TOCAR”, en mayúsculas, negrita y subrayado.
Pero claro, ¿qué es una ley frente a un buen negocio? Las protagonistas del show son Agua Rica y Alumbrera, operadas por la suiza Glencore, que ahora están imputadas junto a funcionarios y auditores que tenían la misma vocación de lectura que Homero Simpson, es decir cero. La sospecha es sencilla: había informes técnicos que decían “acá hay hielo, no se puede”, y alguien respondió “perfecto, sigamos igual, es zona prohibida pero tenemos un permiso imaginario».
Según estudios oficiales, en 2018 se detectaron 26 cuerpos de hielo en la zona, veintiséis, no uno que se escapó, no dos que pasaban por ahí, veintiséis. Pero aparentemente el razonamiento fue; “Si no lo miro, no existe”, un pensamiento muy útil, hasta que aparece una denuncia y un fiscal. La abogada Mariana Katz lo dijo sin vueltas; «Si omitieron analizar lo que ya tenían, no fue un error, fue una decisión, alguien se hizo el distraído con ganas.
El proyecto MARA es un reciclaje minero de problemas, básicamente propone algo muy argentino, reutilizar lo viejo pero no para ahorrar, sino para seguir explotando. La idea es usar la infraestructura de La Alumbrera (esa que ya tiene historia) para procesar lo que salga de Agua Rica. Un “combo minero”, digamos. En números, suena espectacular, millones de libras de cobre, millones de onzas de oro, una fiesta.
En la realidad de Andalgalá comentan que esto pasó de cristalino a gris oscuro, porque hay vecinos que hablan de un «Déjá Vu ambiental. Para los habitantes de Andalgalá, esto no es un proyecto nuevo. Es una remake, mismo guion, distinto nombre. La Dip. Prov. opositores declaran; «No importa cómo se llame, siempre termina igual, nosotros perdiendo”. Dicen algunos vecions de Andalgalá que llevan treinta años llevan reclamando, ¿Será o no será así?. La abogada de los vecinos denuncian que los informes ambientales parecen escritos con tinta invisible, porque nadie los ve.
Tambien hay una causa judicial que tiene idas y vueltas, arrancó en 2019, se durmió y la despertaron en 2024, y ahora volvió con todo, como villano que nunca muere. La novedad es que ahora también imputaron a las empresas. Porque, de repente la Jueza Maria R. Servini dijo que «Las compañías también pueden ser responsables». La decisión cayó como gol en tiempo de descuento en Andalgalá, donde celebraron con cautela, porque ya conocen la película.
Glencore aceptó ante la justicia de Nueva York que también desplegó su arte en la Venezuela de Chavez y Maduro, donde la multinacional decidió que la mejor manera de hacer negocios no era competir, sino “aceitar” voluntades. Y no con WD-40 precisamente, sino con billetes. Según los investigadores del FBI, la empresa repartió cariños monetarios tanto en la estatal PDVSA como en la Petrobras de Lula, usando ese viejo truco del manual corporativo: “yo no fui, fue la consultora”. En el mundo de los sobornos, siempre hay una “empresa intermediaria” que aparece como el primo lejano en Navidad, nadie sabe bien qué hace, pero siempre vive bien.
Los negocios de Glencore en Venezuela venían con olor a nafta desde hacía más de quince años. Entre ellos, dos perlitas con aroma argentino; el fuel oil que viajaba desde Caracas y el curioso trueque de maquinaria agrícola por combustible, como si estuviéramos en un mercado medieval. El Departamento de Justicia de Estados Unidos armó un documento de 27 páginas que, curiosamente, evita nombrar a la Argentina. Un silencio que suena más fuerte que un discurso de campaña vacío. Eso sí, dejó pistas, fechas y datos, como para que el que quiera atar cabos, se entretenga.
La trama arrancó allá por 2009 y se extendió hasta 2016, con empresas intermediarias que operaban en Estados Unidos. Es decir, un circuito internacional más aceitado que una parrilla de camionero. ¿El resultado? Glencore logró “ventajas indebidas” como cobrar primero y mejor gracias a pagos preferenciales de PDVSA. A cambio, giró unos modestos US$ 13 millones de dólares en sobornos y se llevó la propina grande, más de US$ 111 millones de dólares. Negocio redondo, como empanada bien cerrada.
El árbol genealógico de Glencore tiene algunos problemas. Todo empezó con Marc Rich, un tipo tan «emprendedor» que logró combinar los negocios con el escondite. El FBI lo quería tanto que lo puso en su Top 10 de celebridades más buscadas, justo entre espías y criminales de carrera. Marc aplicó la de «si no puedo con ellos, me las tomo a Suiza» hasta que Bill Clinton, en un arranque de generosidad de último minuto (literalmente en su último día de presidencia), le dio el perdón. Nada como un «borrón y cuenta nueva» presidencial para terminar el turno.
Pero la manzana no cae lejos del árbol de la evasión fiscal. Según el Departamento de Justicia de EE.UU, Glencore ha ido dejando su huella por todo el mundo, (Está todo en internet). En Colombia: Ya saben lo que es lidiar con ellos, en Suiza y Holanda: tambien fueron protagonistas de tormentas judiciales. Años atrás el Fiscal del distrito sur de Nueva York Ken Morrison declaró en su momento que «»Lo mejor de todo es la creatividad de sus ejecutivos, para no decir *estamos comprando voluntades ilegalmente*, usaban un código que parece sacado de una lista de compras de una madre confundida o de un traficante de armas con hambre. Si trabajaras en Glencore, así se traduciría tu oficina: *¿Trajiste los diarios?*: No es para leer las noticias, es para pagar el silencio. *Pásame los archivos»: No son PDFs, es dinero en efectivo. *Necesitamos municiones*: No es para una guerra, en realidad técnicamente sí, para una guerra de billetes. *¿Y los chocolates?*: El eufemismo más creativo del mundo, si un ejecutivo de Glencore te ofrece un bombón, mejor llama a tu abogado antes de morderlo»».
Finalmente, la multinacional emitió un comunicado de crisis; muchas palabras y algo así como decir, “Sí, lo hicimos, si pasó, pero ya fue, miremos para adelante”. El final en Catamarca y en la justicia argentina está entre el marketing y la realidad, la empresa dice que reduce impacto ambiental, que escucha a la comunidad y que todo está bajo control. Para la empresa es el discurso correcto y otra vez de manual, lejos de la zona minera. Los vecinos de Andalgala responden con una frase tambien de manual, «Quieren demostrar buenos modales, cuando nunca cumplieron con nada». Y así sigue la historia, de un lado la empresa con promesas de progreso, y del otro, la gente de Andalgala caliente que grita en las marchas «¡Queremos a todos los corruptos presos, y a los del gobierno primero…!

