La noticia es tan sintomática como preocupante. En un contexto donde la seguridad educativa se resquebraja ante la volatilidad de las redes y el anonimato, el colegio dependiente de la Universidad Católica de Cuyo (UCC) se ha visto obligado a abandonar la calma académica para adoptar un estado de vigilancia policial.
Aquí los puntos clave de la situación, despojados de eufemismos: Todo comenzó con la aparición de inscripciones intimidatorias en los sanitarios del establecimiento, donde se amenazaba explícitamente con un tiroteo. Lo que en otras décadas se habría despachado como una «travesura de mal gusto», hoy, bajo el peso de la realidad global, se cataloga como un incidente de alta peligrosidad. Ante la incapacidad inicial de identificar a los responsables, las autoridades no se permitieron el lujo de la duda. Las medidas incluyen: Intervención Policial: Presencia efectiva de la Comisaría 13ª de Rivadavia en el edificio, Activación de Protocolos: Notificación inmediata al Ministerio de Educación y a la Representación Legal, Abordaje Psicosocial: El Equipo de Orientación y Apoyo Escolar ha iniciado intervenciones con el alumnado para contener la psicosis colectiva, La Incertidumbre como Regla: A la fecha, no hay culpables identificados. La institución ha volcado la responsabilidad también sobre los progenitores, exigiendo un «diálogo» que a menudo llega tarde. La pregunta que queda en el aire es si estamos ante una amenaza legítima o ante un síntoma de una juventud que encuentra en la generación de pánico el único camino para evadir sus obligaciones—.
La presencia policial en las escuelas es la admisión de un fracaso social. Cuando el aula necesita de uniformes para garantizar la vida, el proceso educativo ya ha sido comprometido. Las autoridades han actuado según el manual de seguridad, pero la raíz del problema —el autor y su motivación— permanece en la sombra.

