Después de semanas de negociación, paro incluido y caras largas en el Centro Cívico, el Gobierno y los docentes finalmente firmaron la paz… o algo que se le parece bastante cuando nadie está del todo contento pero todos están demasiado cansados para seguir peleando.
El acuerdo va de abril a junio, o sea: corto, prudente y con fecha de vencimiento, como yogur de oferta. Primero, el Gobierno hace su jugada estrella: blanquea $100.000., ese dinero que antes era medio fantasma ahora existe, pero no alcanza ni para comprarle un recreo digno a la inflación. Después vienen los aumentos:
Abril: aumento salarial con algo de “blanqueo” y retoques zonales.
Mayo: un 2% que entra pidiendo permiso.
Junio: un 3% que llega como el esperado
Y como broche de oro, aparece la famosa cláusula gatillo. Ese invento argentino que básicamente dice: “si la inflación te pasa por arriba, bueno… después vemos”. El piso salarial arranca en $831.989 y sube hasta $876.332 en junio, un número que, en papel, parece respetable… pero en la práctica corre una carrera contra la inflación con zapatillas rotas. El Gobierno no descontará el día de paro, un clásico del toma y daca; “Vos protestaste, yo me hago el distraído… y seguimos como si nada”. Una especie de reconciliación institucional con aroma a resignación compartida.

