En la Argentina, la lógica es una señora mayor que hace yoga: se estira, se dobla… pero nunca llega a fin de mes.
El Gobierno anunció con bombos, platillos emocionado que las jubilaciones vuelven a “aumentar” en mayo. Aumentar, ese verbo maravilloso que en este país significa “perder un poco menos rápido”. El sistema ahora ajusta por inflación, si los precios suben como cohete, la jubilación sube como bicicleta pinchada. La jubilación mínima viene haciendo una carrera épica; en marzo rondaba los $439 mil con bono, en abril trepó a unos $450 mil… y en mayo promete otro pasito adelante, ese que no alcanza ni para cruzar la calle sin que te atropelle el changuito del supermercado.
Ah, el bono. Ese viejo amigo congelado en $70.000 desde tiempos donde el kilo de asado todavía no cotizaba en Wall Street. Un bono que hoy tiene el poder adquisitivo de una moneda de chocolate derretida.
El jubilado argentino ya no vive:, sobrevive con creatividad, hace magia, hace cuentas, hace dieta obligatoria, encima escucha que “los ingresos se actualizan mensualmente”, también se actualiza el precio del pan, pero ese sí corre en Fórmula 1.
Mientras tanto, la realidad es más cruel que suegra en Navidad, aunque los números suben en papel, el poder de compra baja en la vida real. Te dan el aumento… pero te alcanza para menos, una especie de “progreso negativo”, marca registrada de la economía criolla. En cualquier país del mundo aumento = más plata = mejor vida. En Argentina aumento = más plata = menos cosas, un fenómeno digno de un mago de cumpleaños.

