El último capítulo de esta novela berreta arrancó con un combo explosivo: créditos hipotecarios, funcionarios y un periodismo apurado por llegar primero… aunque sea chocando contra la realidad. La historia parecía perfecta. Funcionarios accediendo a préstamos millonarios del Banco Nación, la palabra “privilegio” flotando en el aire y el relato listo para indignar al público. Pero había un pequeño detalle: la verdad.
Porque en medio del griterío apareció lo que siempre llega tarde pero llega: los datos. Y ahí la épica se desinfló como piñata mojada. De los supuestos 1.400 beneficiados, el número real era apenas un puñado. El resto, ruido, confusión o directamente fruta. El problema no es el crédito. El problema es el crédito del periodismo.
Cuando un periodista publica sin chequear, no solo se equivoca: dinamita su propia credibilidad. Y en este oficio, la confianza es lo único que no tiene tasa subsidiada ni plan de cuotas. Mientras tanto, la discusión real —si los funcionarios deben o no acceder a estos préstamos— quedó enterrada bajo toneladas de espuma mediática. Porque es más fácil indignarse que explicar.
Y ahí aparece la contradicción más deliciosa; los mismos que ayer denunciaban los créditos UVA como una trampa infernal, hoy los presentan como un privilegio obsceno. Ni estafa ni regalo: lo que cambia no es el crédito, es la conveniencia del discurso. El Banco Nación, con reglas que —al menos en los papeles— son públicas y accesibles, quedó en el medio de una batalla política disfrazada de debate moral. Y como siempre, el ciudadano mira desde afuera, preguntándose si alguna vez la discusión será en serio.
En tiempos donde todo se viraliza en segundos, verificar sigue siendo revolucionario, si no se cuida el crédito del periodista, después no hay hipoteca que alcance para recomprar la confianza perdida.

