La pobreza en la Argentina marcó un 28,2% en el segundo semestre de 2025. El número, frío como planilla de Excel, es presentado como un trofeo: el nivel más bajo desde 2018. Y claro, en un país acostumbrado a incendios sociales, cualquier baldazo de agua tibia se vende como lluvia salvadora.
Según los datos oficiales del INDEC difundidos y explicados, la caída es evidente: veníamos de niveles mucho más altos, incluso superiores al 40% en años recientes. En términos estadísticos, el descenso es real. En términos políticos… es oro en campaña.
Pero como siempre en la Argentina, el número tiene letra chica. Porque mientras el Gobierno descorcha sidra, hay un 6,3% de indigencia que ni siquiera llega a la comida básica. Y peor: la pobreza infantil sigue siendo una postal indecente de la realidad.
La explicación oficial mezcla crecimiento económico, desaceleración inflacionaria y asistencia social directa. Traducido: la economía dejó de pegar trompadas… pero tampoco empezó a abrazar.
Además, el método de medición tampoco es inocente. La pobreza se calcula en base a ingresos y una canasta básica que muchos economistas consideran desactualizada. Es decir, el termómetro puede estar midiendo fiebre… con pila gastada.
El dato, entonces, es cierto. La pobreza bajó. Pero no es una epopeya, ni mucho menos una solución estructural. Es, en el mejor de los casos, una tregua.
Porque en la Argentina, la pobreza no se va: se agazapa, espera… y cuando la economía pestañea, vuelve a escena como protagonista principal.

