El bueno de Walberto Allende salió a decir, básicamente, lo que muchos piensan pero pocos dicen en voz alta, el peronismo está tan enredado en su interna que ya parece pelea de consorcio. Mr. Walbert dice “Che, ¿no podemos dejar de pelearnos entre nosotros cinco minutos y tratar de ganar una elección?”
Allende, con tono de maestro cansado de tercer grado, plantea armar una especie de “club del interior”, con los peronistas que están lejos del ring donde se agarran de los pelos Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof. Mientras en Buenos Aires discuten quién tiene la lapicera, en las provincias están viendo si todavía queda tinta.
La idea es brillante en su simpleza, “Juntemos a los que están hartos del quilombo de los Kirchner y de Kicillof, hagamos un espacio nuevo, y si no se ponen de acuerdo… bueno, nosotros seguimos igual pero sin ellos”. O sea, peronismo sin pelea interna, algo así como un asado sin humo; técnicamente posible, pero nadie lo vio nunca.
Y el mensaje más picante es este, no quieren interna, nada de pelea, nada de circo. «Muchachos, dejen de medir egos porque nos están midiendo la derrota”. El problema —y acá viene el chiste trágico— es que el peronismo sin interna es como el mate sin bombilla, tenés todo listo, pero no hay forma de hacerlo funcionar.
Allende no rompió con nadie pero puso distancia, no armó otro partido, pero empezó a juntar los muebles por si hay mudanza. Una jugada elegante, medida, y con ese perfume clásico de la política argentina; cuando alguien dice “unidad”, lo que en realidad está diciendo es “Conmigo a la cabeza»

