En el fútbol argentino hay fotos que no se sacan: se fabrican. Y después se venden como si fueran espontáneas, como si el mate estuviera caliente por casualidad y no por cálculo político.
La imagen entre Lionel Messi y Claudio Tapia no es una postal inocente. Es un mensaje. Y bastante claro.
Tapia, en medio de cuestionamientos, ruido judicial y un clima cada vez más espeso en la AFA, hace lo que mejor sabe hacer el poder cuando tambalea: se abraza al prestigio ajeno. Porque si hay algo que cotiza más que el dólar en la Argentina, es la imagen de Messi.
La escena es perfecta: abrazo, sonrisa, mate, bienvenida. Todo muy “somos familia”. Pero en el fondo, lo que se juega es otra cosa. No es afecto, es legitimidad. No es cercanía, es cobertura.
Según la lectura más evidente —y la más incómoda—, la foto funciona como un aval simbólico. Un “si Messi está, está todo bien”. Aunque Messi, fiel a su estilo, no diga nada. Y justamente ahí está la clave: en el silencio también se construye poder.
Porque en el fútbol argentino, como en la política, nadie es ingenuo. Y mucho menos cuando hay cámaras.
Tapia lo sabe. Por eso publica. Por eso insiste. Por eso escribe “aura”, como si la mística se pudiera tipear. Mientras tanto, afuera, el descontento crece, las críticas se multiplican y el sistema sigue haciendo equilibrio sobre una pelota pinchada.
La pregunta no es qué significa la foto.
La pregunta es a quién le sirve.
Y la respuesta, como casi siempre en este país, no está en la cancha.

