A dos semanas del inicio de la Operación Furia Épica, buena parte del análisis internacional parece atrapado en un reflejo automático: cuestionar a Estados Unidos e Israel mientras evita mirar de frente al verdadero protagonista del conflicto, la dictadura iraní.
En ese escenario, el analista saudí en inteligencia Muhanad Seloom propone una lectura incómoda para ese relato dominante. Su planteo es simple: la ofensiva no es un descontrol, es una estrategia que está funcionando. Y los datos, asegura, son difíciles de ignorar.
Mientras algunos insisten en contar dólares y advertir sobre escaladas, el régimen de Teherán pierde capacidad real de daño. En apenas dos semanas, los lanzamientos de misiles se desplomaron de cientos diarios a cifras marginales. Lo mismo ocurrió con los drones, que pasaron de ser una amenaza masiva a un recurso cada vez más limitado.
No es casualidad. Según el análisis, la campaña tuvo un diseño claro desde el inicio: primero, dejar ciego al sistema de defensa aérea iraní y desordenar su estructura de mando; después, ir por lo que realmente importa, su capacidad de producir y sostener armamento.
Traducido sin eufemismos: desarmar, pieza por pieza, el músculo militar de un régimen que durante años financió milicias, exportó inestabilidad y avanzó en silencio hacia el umbral nuclear.
Porque ese es el punto que muchos prefieren esquivar. Antes de los ataques, Irán estaba peligrosamente cerca de convertirse en potencia nuclear. No en años, sino en semanas. La famosa “contención” que algunos añoran no hizo más que darle tiempo a un sistema que nunca ocultó sus ambiciones.
Seloom lo expone sin rodeos: la paciencia estratégica no evitó la crisis, la fabricó.
El comportamiento del régimen en estos días tampoco ayuda a suavizar su imagen. El cierre del estrecho de Ormuz —una jugada que golpea al comercio global— revela más desesperación que fortaleza. Es, en los hechos, una maniobra que también asfixia a la propia economía iraní.
Lo mismo ocurre con sus aliados en la región. Lejos de mostrar coordinación, los ataques dispersos de grupos vinculados a Teherán parecen más un manotazo sin dirección que una ofensiva organizada. Cuando el poder central pierde control, delega. Y cuando delega así, suele ser porque ya no puede ordenar.
Eso no exime de críticas a quienes llevan adelante la ofensiva. La falta de un plan político claro para el día después es un vacío evidente. Nadie explicó todavía cómo se gestiona un escenario posterior a un régimen debilitado pero no necesariamente reemplazado.
Pero una cosa no tapa la otra.
El costo humano es innegable. Las víctimas civiles, el impacto económico global y la incertidumbre son parte del precio brutal de cualquier guerra. Nadie serio lo discute.
Lo que sí queda en discusión es algo más incómodo: cuánto de las críticas actuales responden a un análisis real y cuánto a una ceguera selectiva frente a un régimen que durante años jugó al límite sin pagar consecuencias.
La conclusión del analista es tan clara como provocadora: más allá del ruido, la estrategia está funcionando.
Y quizás por eso incomoda tanto.

