WASHINGTON.– En algún lugar de las montañas de Irán hay un depósito oculto que amenaza con definir el futuro de la guerra de Estados Unidos contra el régimen teocrático: entre 18 y 20 contenedores parecidos a tubos de buceo, cada uno con hasta 55 libras de uranio altamente enriquecido, el principal material para fabricar un arma nuclear.
Irán dedicó décadas y miles de millones de dólares a acumular ese material, lo que llevó tanto a presidentes demócratas como republicanos a insistir en que Estados Unidos haría lo que fuera necesario para impedir que el país obtuviera la bomba. El programa nuclear iraní ha quedado severamente dañado por los ataques aéreos encabezados por Estados Unidos en los últimos nueve meses. Sin embargo, funcionarios estadounidenses y expertos del Organismo Internacional de Energía Atómica creen que el uranio sobrevivió.
El conflicto más reciente, de manera deliberada o no, volvió a poner el tema del uranio en el centro de la escena y desencadenó un enfrentamiento sobre el futuro nuclear de Irán, además de una carrera por asegurar sus componentes. Si el presidente Trump termina la guerra sin tomar el control de esos contenedores, es casi seguro que Irán acelerará su camino hacia la obtención de un arma nuclear. Intentar apoderarse de ellos, en cambio, implicaría un riesgo enorme y el despliegue inevitable de fuerzas terrestres estadounidenses o israelíes.
“Tienen que ocuparse de esto”, dijo David Albright, una autoridad entre los analistas del programa nuclear iraní y fundador del centro de estudios Institute for Science and International Security. Ese stock, sostuvo, le da a quien emerja en el poder después de la guerra “una capacidad residual para fabricar armas nucleares”.
Eso deja pocas buenas opciones frente a un problema de extrema urgencia. Estados Unidos e Israel podrían enviar equipos de fuerzas especiales, acompañados por expertos nucleares, con la esperanza de encontrar, asegurar y retirar o destruir los contenedores, quizá con ayuda de insurgentes locales. Hubo pocos intentos de asegurar un programa nuclear en medio de una guerra, y no hace falta demasiada imaginación para entender cómo algo así podría salir terriblemente mal.
La otra vía es diplomática. Semanas de bombardeos podrían obligar a Irán a entregar su uranio enriquecido y otros elementos de su programa nuclear. Intermediarios de Omán sugirieron recientemente que Teherán podría estar dispuesto a avanzar en esa dirección, aunque eso fue antes de que comenzaran los últimos ataques. Tampoco se trata de una idea nueva. De una manera u otra, Estados Unidos e Irán llevan más de una década negociando sobre esta cuestión.
Estados Unidos e Israel creen que la mayor parte del uranio altamente enriquecido se encuentra en un complejo de túneles en las afueras de la ciudad de Isfahán, que no fue blanco de grandes bombardeos durante esta campaña. “Estamos siempre muy concentrados” en el uranio, dijo el subsecretario de Defensa para Políticas, Elbridge Colby, en el Council on Foreign Relations el 4 de marzo.
Después de que Trump descabezara buena parte de la cúpula iraní, la seguridad de ese depósito quedó en riesgo. Convertir el material altamente tóxico contenido en esos recipientes en metal apto para un arma probablemente exceda las capacidades de grupos terroristas, pero fuerzas descontroladas podrían verlo como una póliza de seguro razonable en medio del caos de la guerra. El régimen también podría intentar dispersar los contenedores por todo el país para mantenerlos a resguardo. Irán conservó otras partes de su programa nuclear a pesar de los incesantes ataques aéreos y, en cualquier caso, el conocimiento científico que sustenta ese esfuerzo no puede ser eliminado a bombazos.
La guerra de Trump contra Irán desencadenó el momento nuclear más trascendente en Medio Oriente en una generación. No es exagerado decir que el futuro de la región bien puede depender de que Estados Unidos, después de haber provocado esta crisis, logre encontrar y asegurar ese depósito. El representante Bill Foster, demócrata por Illinois, que el martes participó de una sesión informativa clasificada con funcionarios de la administración, dijo que Irán “no necesita enriquecer más para producir un arma nuclear utilizable. Es cierto que lo que tienen no puede ser lanzado en un misil, pero lamentablemente existen distintas formas de entregar un arma así”.
La confrontación por el uranio enriquecido iraní lleva años gestándose. A diferencia de lo que ocurrió en Irak hace dos décadas y media, cuando las agencias de inteligencia de Estados Unidos sostuvieron erróneamente que ese país tenía un programa nuclear secreto, no hay dudas sobre el stock nuclear iraní, que fue verificado de manera independiente por el OIEA. El organismo intensificó significativamente el monitoreo del programa nuclear iraní en 2003.
Bajo el acuerdo nuclear de 2015 negociado por la administración Obama, Irán aceptó limitar el enriquecimiento de su uranio a menos del 4% de pureza hasta 2030 a cambio del alivio de sanciones. El pacto fue importante porque extendía a más de un año el llamado “tiempo de ruptura”, es decir, el lapso que Irán necesitaría para producir un arma nuclear. Trump abandonó ese acuerdo en 2018 y, en pocos años, Irán comenzó a enriquecer uranio por encima del 20%, muy por encima de lo que podría justificarse para fines civiles o científicos, según informó el OIEA. Para cuando Estados Unidos inició sus ataques en junio pasado, diseñados para inutilizar las instalaciones nucleares iraníes, Irán había acumulado unas 970 libras de uranio enriquecido al 60% de pureza.
Eso dejó a Irán a solo unos días de producir el uranio al 90% necesario para alimentar armas nucleares devastadoras. Incluso el uranio enriquecido al 60%, una vez convertido en metal, puede usarse para fabricar un arma rudimentaria con una potencia explosiva similar, aproximadamente, a la de la bomba lanzada sobre Hiroshima. Poco después del ataque de Trump en junio, Irán expulsó del país a los inspectores del OIEA y el director del organismo, Rafael Grossi, dijo que ya no puede afirmar con certeza dónde está el uranio enriquecido. Suponía que seguía en Isfahán, pero declaró en una conferencia de prensa el 2 de marzo que “esperamos que no haya sido retirado”.
Saber dónde encontrar ese material es apenas el primer desafío. Foster dijo, después de la sesión informativa clasificada del martes, que la administración no respondió si tenía una estrategia para lidiar con este problema cuando inició la guerra. “No escuchamos ningún plan de la administración para apoderarse de él, destruirlo o someterlo a inspección internacional”, dijo a The Times.
Estados Unidos e Israel tienen capacidad para asegurar los materiales nucleares iraníes; este es uno de los escenarios en los que podría haber tropas sobre el terreno. Unidades comando de élite de las fuerzas especiales estadounidenses se entrenan para realizar operaciones de alto riesgo destinadas a detectar, capturar y neutralizar amenazas químicas, biológicas, radiológicas o nucleares. Estados Unidos cuenta además con un sistema llamado Mobile Uranium Facility, que permite a científicos estadounidenses caracterizar, estabilizar y embalar uranio con rapidez. Está compuesto por varios contenedores de carga que pueden ser subidos a aviones militares y enviados a cualquier parte del mundo desde su actual ubicación en el Laboratorio Nacional Oak Ridge, en Tennessee.
Según varios exfuncionarios del gobierno estadounidense, fuerzas israelíes de operaciones especiales llevan más de una década entrenándose para una misión destinada a capturar material nuclear iraní. La capacidad de Israel para ejecutar ese tipo de incursiones quedó a la vista públicamente en septiembre de 2024, cuando comandos irrumpieron en una instalación de Hezbollah en Siria, descendiendo desde helicópteros para llegar a salas excavadas en lo profundo de una ladera montañosa. “Poner tropas en tierra para retirar ese material es una opción”, dijo Richard Nephew, experto en el programa nuclear iraní que trabajó en las administraciones de Obama y Biden. “Pero es extremadamente riesgoso”.
Asegurar el depósito nuclear una vez que cesen los bombardeos sería mucho más sencillo. Estados Unidos y las Naciones Unidas tienen experiencia en operaciones de ese tipo. Aun así, sería un desafío enorme contabilizar el material nuclear iraní en todas sus formas, así como lo que quede de las centrifugadoras y del equipamiento vinculado al programa. “La lista de objetivos se vuelve larga con bastante rapidez”, dijo Charles Duelfer, exinspector de armas en Irak.
Después de la caída de la Unión Soviética, Estados Unidos diseñó un programa de desarme que se extendió por 15 Estados soberanos y abarcó 30.000 armas nucleares y unas 40.000 toneladas estimadas de armas químicas. La lección de aquella experiencia fue que asegurar el material nuclear era apenas el comienzo. También sería clave lograr un inventario completo de la maquinaria, los técnicos y los científicos involucrados, para evitar que el problema resurja en otro lugar. “Lo que no queremos es un escenario pos-Unión Soviética en el que personas con experiencia nuclear queden dispersas y sin control”, dijo Corey Hinderstein, exsubadministradora de no proliferación de la Administración Nacional de Seguridad Nuclear durante la presidencia de Biden.
El principal obstáculo para una salida en tiempos de paz –más allá de que Estados Unidos e Israel siguen atacando a Irán sin pausa– es el propio régimen iraní. Trump lanzó la guerra mientras mantenía negociaciones con Teherán sobre su programa nuclear. Eso hace que sea difícil reanudar conversaciones basadas en la confianza. Y después de años de diplomacia intermitente y ataques militares de enorme magnitud, es posible que los líderes iraníes hayan concluido que la única garantía real para mantenerse en el poder es adquirir un arma nuclear lo antes posible.
Hay, por supuesto, una tercera posibilidad. Que la guerra termine con las capacidades nucleares de Irán intactas. Ese resultado luce hoy aún menos aceptable que en las últimas décadas, durante las cuales un presidente estadounidense tras otro juró impedirlo. El historial del régimen de atacar a Estados Unidos y a sus aliados en todo el mundo solo empeoraría con la protección que le daría un arsenal nuclear.
En una guerra llena de interrogantes abiertos, el destino de los contenedores iraníes de uranio es un factor brutalmente concreto para determinar qué traerá el futuro. La cuestión nuclear probablemente sea la más decisiva de todas, sea cual sea la forma en que se resuelva. Y quizá esa sea la faceta más temeraria del ataque de Trump contra Irán: haber forzado una resolución final del problema nuclear iraní sin un camino claro hacia el éxito.

