En la noble y soleada provincia de San Juan, donde el viento Zonda te despeina las ideas y el blanco envasado en cartón se evapora cuando todavia estas en la entrada, esperando el pollo a la parrilla (No hubo platica para la punta de espalda y las costillas), existe una criatura mitológica más esquiva que el dólar estable, el tramo inconcluso de la Ruta Nacional 40 Sur. Esa franja de asfalto en terapia intensiva que prometía unir Cochagual con Tres Esquinas, pero terminó uniendo algo mucho más profundo: la fe pública con el déjà vu. La historia es simple, casi infantil. Había una obra. Había obreros. Había máquinas que hacían “brum brum” con entusiasmo fiscal. Y entonces apareció el villano más temido del cine nacional: La Deuda Pendiente. La nación, como Darth Vader prometió y desapareció, dejó de pagar certificados desde septiembre del 2025. En Argentina eso no es tiempo es una era geológica.
La empresa Ivica Dumandzic, que hasta hace poco soñaba con cintas inaugurales y fotos con casco blanco impecable (ese que jamás conoció el polvo real), miró la cuenta bancaria y escuchó el eco. Porque trabajar sin cobrar puede ser vocación, pero no es modelo de negocios. Resultado: máquinas apagadas, obreros suspendidos y casi cien trabajadores mirando el horizonte como quien ve el avión de Aerolineas cuando aterriza en Las Chacritas. La escena fue poética. Excavadoras quietas como dinosaurios en extinción. Cascos apoyados en el suelo con dramatismo shakesperiano. El capataz diciendo “por ahora se frena”. Y la Ruta 40, ahí, extendida a medias, con esa cara de “otra vez sopa”. Si esta obra fuera una serie televisiva, ya iría por la temporada siete: Arranca, Se Frena, Vuelve, Se Complica, Prometen, Se Vuelve a Frenar y ahora el gran éxito del año: Sin Fondos 2.
Lo más brillante es el diálogo oficial eterno: — ¿Cuándo sigue?, — Estamos gestionando.
— ¿Y la plata?, — En proceso.
— ¿Y los obreros?. — Bueno…
Ese “bueno” es más largo que la propia ruta. En el fondo, la Ruta 40 Sur ya no es infraestructura, es filosofía, es el “ya casi”, es el “esta vez sí”, es el “faltan detalles administrativos”, es el “se destrabó” que mágicamente se vuelve a trabar con la eficiencia de una puerta hinchada por la humedad. Y mientras tanto, casi cien familias hacen malabares financieros con más destreza que el artista que se come el fuego en la Central y Paula Albarracin. Porque el asfalto puede esperar, pero la heladera no entiende de certificados impagos, si la ruta 40 fuera persona, sería ese amigo que siempre dice “estoy saliendo” y todavía está en la ducha. Si fuera relación amorosa, sería intermitente, si fuera electrodoméstico, estaría desenchufada pero con la lucecita titilando para darte esperanza.
Algún día la terminarán. Habrá cinta, aplausos, discursos y la frase inmortal: “Costó, pero lo logramos”. Y nadie mencionará que el verdadero deporte extremo fue sobrevivir a la pausa, hasta entonces, la ruta 40 Sur descansa, y no en paz. No está terminada, no está activa, no está muerta, está administrativamente en coma inducido, y la empresa paciente, espera la transferencia que el gobierno nacional prometió y nunca llegó, como siempre.

