Acá no existe la gravedad económica, todo cae pero vuelve a subir para volver a caerse como un borracho tratando de subir a un colectivo en movimiento. El peso argentino no se devalúa, se desintegra en tiempo real, vos lo mirás fijo y pierde valor, lo tocás… y ya vale menos, lo guardás… y cuando lo sacás es material arqueológico.
La guita habla, y el peso dice, “Por favor… gastame rápido… no quiero sufrir más.”, los políticos argentinos no cambian de opinión, mutan. ¿Cuantos mutantes hemos visto en San Juan en los últimos años?, acá son como los villanos de películas, pero de clase B, pueden pasar de estatistas a liberales, de opositores a oficialistas, de indignados a socios en el tiempo que tarda un café en enfriarse. Y siempre con la misma explicación, “El contexto cambió.” En Argentina el “contexto” es una criatura mitológica griega, como que justifica cualquier cosa.
Cada gobierno anuncia un ajuste “histórico”, y el ajuste funciona así: Se achica…se achica…
se achica…, y cuando parece que terminó como dijo el ministro Caputo en noviembre pasado «Ya no hay mas espacio para achicar», te lo crees y despues te gritan «Apurate que ya ya viene el achique 2026» El único ajuste permanente en Argentina es el del cinturón del ciudadano, que ya tiene más agujeros en la defensa que explicaciónes de Tapia y Toviggino para salvarse de las rejas.
El Estado argentino es como Secretaria (y novia al mismo tiempo de diputado provincial recien asumido) con tarjeta de crédito gigante, incontrolable, carisima de mantener, y cada tanto se sube a la terraza del edificio y empieza a gritar, «¡Prometiste que le ibas a conseguir la casa a mi mamá, y que ibas a nombrar a mi hermano en la legislatura!…no haces nada por nuestro bienestar!
El argentino promedio ya no vive, sobrevive con habilidades de videojuego en nivel experto: Puede leer un ticket del supermercado como si fuera un informe forense, puede calcular inflación mentalmente mientras maneja, puede estirar un sueldo más que un chicle pegado en una zapatilla, y si la resiliencia diera puntos, Argentina sería campeona mundial desde 1945.
La economía argentina no sigue leyes, sigue fenómenos paranormales y el dólar sube cuando hay crisis, no hay crisis, hay rumores de crisis, no pasa nada. O puede bajar justo cuando compraste un poco para pagar los 14 meses de renta como Don Ramón a Don Barriga. Es el único fantasma que aparece incluso cuando apagás la luz… y cuando la prendés también.
En el fondo todos sabemos lo que somos, un país donde cada década promete ser la última crisis, y termina siendo solo el tráiler de la próxima. Argentina no es un desastre con los radicales, con los peronistas, con los militares, con los empresarios, con los sindicalistas, con los periodistas, es peor. Es una especie de “Día de la Marmota”, pero con inflación, impuestos y conferencias de prensa del «Vamos a…»
El día que este país sea normal, estable y previsible, los argentinos no van a festejar, van a entrar en shock. Lo único verdaderamente estable en Argentina es el caos nacional.

