La Justicia confirmó la condena contra un hombre que traicionó el vínculo más sagrado: el de un abuelo con sus nietos. No se trata de un error ni de un desliz, sino de un abuso sistemático que dejó marcas profundas y permanentes en las víctimas.
El fallo ratificó una pena de 12 años de prisión y le quitó la domiciliaria al comprobarse que, pese a la prohibición expresa, convivía nuevamente con menores. Es decir: ni siquiera bajo vigilancia judicial mostró voluntad de respetar los límites más elementales.
La causa se inició en 2021, cuando los jóvenes —ya adultos— lograron reunir el valor para denunciar lo ocurrido durante su infancia. El proceso judicial se extendió por años, obligándolos a revivir los hechos una y otra vez, mientras el daño emocional seguía abierto.
La revocación del beneficio domiciliario no fue un tecnicismo: fue la constatación de una conducta persistente de incumplimiento y desprecio por las restricciones impuestas por la Justicia. Por eso, el condenado deberá cumplir la pena en el Penal de Chimbas.
En casos como este, la condena judicial llega tarde frente a un daño que no se borra. Lo que sí deja claro el fallo es que la confianza rota y la vulneración de la infancia no pueden ser relativizadas ni disimuladas detrás de la edad o de los vínculos familiares.

