En Córdoba ya no alcanza con sobrevivir a la inflación, a los impuestos ni a los discursos políticos: ahora también hay que cuidarse de los adultos que, en lugar de madurar, decidieron retroceder en la escala evolutiva hasta convertirse en caricaturas de fauna urbana.
El protagonista del papelón es un “therian”, término elegante para no decir lo obvio: un tipo grande que, en vez de pagar el monotributo o buscar un laburo, anda por la calle disfrazado de perro, convencido de que su espíritu animal merece salir a socializar… a mordiscones.
El episodio fue tan absurdo que parece escrito por un guionista borracho: un grupo de muchachos con máscaras, en cuatro patas, olfateando gente como si fueran salamines colgados en una fiambrería. Y cuando la realidad les recordó que no estaban en National Geographic sino en una vereda de Jesús María, uno decidió coronar el ridículo con un tarascón digno de perro sin adiestramiento y con autoestima rabiosa.
Miles de años de evolución humana, inventamos la rueda, la penicilina y el satélite… para terminar viendo a un adulto que, en lugar de terapia, eligió convertirse en una mezcla de cosplay barato y crisis psicológica con pulgas imaginarias.
Encima lo llaman “estado shift”. En castellano: se les desconectó el cerebro y les arrancó el modo mascota descompuesta.
La madre de la adolescente dijo que al principio pensó que era una broma. Claro: cualquiera cree que es una joda… hasta que el “lobo espiritual” te clava los dientes con la convicción de quien no terminó el secundario emocional.
Y ahí aparece el dato más triste: no es rebeldía, no es arte, no es identidad. Es el síntoma perfecto de una época donde algunos, incapaces de hacerse cargo de ser adultos, prefieren declararse animales… porque así no tienen que responsabilizarse de nada.
En síntesis: no estamos ante una subcultura.
Estamos ante el derrumbe definitivo del sentido común.
Porque una cosa es tener un animal interior.
Otra muy distinta es dejarlo suelto, sin bozal… y encima pretender que la sociedad lo tome en serio.

