En el fútbol de San Juan no va nadie. Las tribunas vacías, los escalones pelados y el eco de los insultos son la postal habitual de cada fin de semana. Y, aun así, los violentos siguen yendo. Como actores de una obra sin público, se empujan, amenazan y rompen lo poco que queda, convencidos de que están defendiendo algo épico.
La escena ya roza lo grotesco: pelearse en canchas donde sobran asientos y faltan hinchas. Violentos de utilería, guapos de cancha chica, especialistas en espantar a los pocos que todavía tenían ganas de ir con un hijo o con una camiseta puesta sin miedo.
En este contexto, la Liga Sanjuanina de Fútbol anuncia que quiere instrumentar “de a poco” el programa Tribuna Segura. De a poco, como casi todo en este fútbol que avanza a paso cansino mientras se hunde en la irrelevancia. Controles progresivos, pedidos de DNI y derecho de admisión en estadios semivacíos: una postal tan absurda como simbólica.
La pregunta es inevitable: ¿a quién se va a controlar si no hay público? ¿A los mismos de siempre? ¿A los pocos hinchas genuinos que todavía bancan el fútbol local? Porque los violentos, los de verdad, ya saben cómo moverse, cómo esquivar controles y cómo seguir marcando territorio. La burocracia nunca fue un problema para el patotero; sí lo es para el hincha común.
El riesgo es claro: castigar al que queda y no recuperar al que se fue. Mientras la Liga discute protocolos y programas importados, las canchas siguen sin infraestructura, los clubes sin recursos y el espectáculo sin atractivo. Se combate la violencia con formularios, pero no se reconstruye el vínculo con la gente.
La violencia, claro está, debe erradicarse. Pero no alcanza con controles tardíos y parciales. Si el fútbol sanjuanino quiere volver a tener público, primero tiene que expulsar a los violentos, no convertir cada ingreso a la cancha en un trámite policial que ahuyente a los pocos fieles que quedan.
Porque sin público no hay fútbol. Y con violentos, tampoco. Todo lo demás —programas, anuncios y promesas “de a poco”— es apenas maquillaje para un problema que ya dejó de ser de seguridad y pasó a ser de sentido común.

