Manuel Adorni dijo que el INDEC va a cambiar la canasta de consumos cuando exista inflación 0. No cuando baje, no cuando mejore. Cuando no exista. Es una frase tan hija de puta que debería venir con advertencia sanitaria:
“Puede causar indignación, carcajadas nerviosas y colitis» . La idea es brillante en su perversión: “No actualizamos cómo medimos el costo de vida… hasta que el costo de vida deje de doler.” Eso no es política económica, es mamarracho macroeconómico. Mientras tanto, el INDEC sigue usando una canasta que parece armada por alguien que:
- No va al supermercado
- No alquila
- No paga servicios
- Y claramente no vive en este plano astral
La canasta dice que vivís, tu billetera dice que te estás muriendo despacio, pero tranquilos, no la cambian para “no confundir a la gente”. Porque nada confunde más que laburar todo el mes, cobrar, y ver cómo el sueldo desaparece como truco barato de magia. El mensaje real es precioso en su crueldad, gemelo de los desastres que hizo Guillermo Moreno y Cristina Kirchner en el INDEC. “Si cambiamos la canasta, los números no nos gustan. Así que mejor no miramos.” Es como pesar a alguien con una balanza rota, o decir que bajó de peso, o culparlo si se desmaya. La inflación cero ya no es una meta, es un placebo discursivo, una excusa premium para seguir midiendo la realidad con instrumentos del paleolítico.
Y lo mejor, cuando algún día cambien la canasta (si pasa), van a decir, “Vieron que teníamos razón.” Claro, y el Titanic también tenía razón hasta que chocó. No es que no entiendan cómo medir la inflación, es que entienden perfectamente qué pasa si la miden bien. Pero bueno, paciencia. Cuando llegue la inflación 0 también llegan: los sueldos dignos, la honestidad política, y los unicornios del mercado libre. Todo junto, en el mismo camión imaginario.

