La novela del precio de la uva volvió a la pantalla chica del drama vitivinícola sanjuanino. Otra vez la misma serie, misma temporada, mismos villanos… pero con inflación nueva y productores más flacos que parra en invierno.
En ese clima de sainete económico, el presidente de la Mesa Vitícola, Pablo Martín, salió a gritar lo obvio con megáfono: “¡Muchachos, no podemos cobrar la uva como si todavía estuviéramos en 2025!”. Porque, claro, hubo una devaluación del 20%, pero parece que a algunos compradores se les perdió la calculadora en la vendimia pasada.
Martín fue claro como vino blanco en damajuana: si el peso se achica, el precio de la uva no puede seguir haciendo la plancha. “Los precios son bajos”
El panorama del productor es directamente una tragicomedia rural. Producir cuesta cada vez más, pero cobrar… cobrar es opcional. En cinco minutos de granizo, lluvia o capricho climático, el productor puede perder todo. Cinco minutos: menos de lo que tarda una bodega en mandar un mail diciendo “después vemos el precio”.
Y como si eso fuera poco, justo en época de cosecha —cuando la uva está madura y el productor desesperado— aparece la magia del mercado: los valores se tiran al piso con la delicadeza de un piano desde un quinto piso. Oferta y demanda, le dicen. Apriete y oportunismo, se llama en el campo.
Desde la Mesa Vitícola ponen un número sobre la mesa: entre 280 y 300 pesos el kilo de uva para mosto. No es un delirio místico ni una cifra cabalística: es lo mínimo para no fundirse antes de Semana Santa. Y si no hay acuerdo, avisan que podrían frenar la cosecha, una medida tan extrema como dejar el asado sin sal.
Eso sí, el susto es grande. En San Juan el productor vive entre dos terrores: perder la uva en la planta o entregarla regalada. Elegí tu propia tragedia.
El drama se agrava con la uva tinta, esa que no sirve para mosto y que, si no entra a vino, no tiene Plan B. No se recicla, no se exporta al espacio, no se convierte en NFT. O se vende… o se pudre.
Martín también prendió la alarma por rumores dignos de película de terror: bodegas de afuera que pretenderían que el productor pague la cosecha, pague la elaboración y encima agradezca. Falta que le pidan que lleve el café y barra la bodega.
Para cerrar, el presidente de la Mesa apeló a la épica: “La industria y la producción somos un solo equipo”. Traducción simultánea: o zafamos todos o nos hundimos abrazados. Con la esperanza —casi religiosa— de que algunas empresas se comporten como empresas y no como usureros con toneles.

