Hay historias que parecen escritas por guionistas con mal gusto: padres que, después de que un juez los deja bien clarito que no podían ver a sus hijos, decidieron que las órdenes judiciales eran más bien “sugerencias opcionales”. Y así, como si estuvieran protagonizando una versión barata de un culebrón policial, se llevaron a sus cuatro propios hijos, todo un record de decisiones desafortunadas.
No contentos con violar una orden de un juez de familia (que no es precisamente un grafiti doméstico), la pareja se mandó la jugada de sacarles a los chicos a la fuerza, con amenaza y filo incluido —porque claro, si vas a desobedecer a la Justicia, nada mejor que un arma blanca para ponerle estética dramática al caos.
La ciudadanía, que ya estaba viendo la telenovela del operativo “San Juan Te Busca”, con la policía y el Ministerio Público Fiscal intentando rastrear a los hermanitos desaparecidos, debió aguantar casi 24 horas de angustia hasta que los niños fueron encontrados vivos y relativamente ilesos. Una suerte, teniendo en cuenta que la trama podía haber terminado muy distinto.
Y así, después de su odisea de torpeza legal, la pareja tuvo su final clásico: tras las rejas de la Comisaría 2ª. A la madre la imputan por desobediencia —sí, desobedecer al juez— y al padre… bueno, “amenazas agravadas” suena a eufemismo elegante cuando hay un cuchillo de por medio.
En fin: mientras la Justicia termina de enhebrar los hilos de este enredo familiar, queda la moraleja implícita (aunque dolorosa): cuando la irresponsabilidad y las decisiones imprudentes toman la delantera, hasta los vínculos más íntimos terminan desparramados por un camino de errores que la ley y la sociedad no están dispuestas a tolerar.

