Lo que debía ser un viaje tranquilo de San Juan a Mendoza terminó siendo más enigmático que una telenovela de sobremesa: un camionero —que parecía más detective que chofer— se dio cuenta de que algo olía más raro que bananas maduras en verano. Ese presentimiento lo llevó a dar el alerta, y gracias a ese sexto sentido —o a que simplemente sabía que no se camina entre frutas misteriosas sin pagar peaje– la Gendarmería Nacional encontró 64 kilos de cocaína escondidos entre cajones de bananas.
El episodio tuvo todos los condimentos de hechos repetidos. Bananas que no parecían bananas, el camionero que olió «chamuyo» desde lejos, gendarmería actuando como si fuera el Equipo A, y 64 kilos de cocaína con el sello del famoso delfín, no el de Disney pero casi, tradicional marca narco asociada con “El Patrón del Norte” —ese capo que está viendo el sol de Ezeiza desde hace rato–.
Según la investigación, el cargamento venía desde Pichanal, en Salta, y había hecho escala en un depósito de Villa Krause, Rawson, con la intención de seguir rumbo a Mendoza. Pero una documentación mal hecha obligó al tráfico a detenerse, lo que dejó tiempo para que alguien con más olfato que un sabueso dijera: “esto no cuadra”.
Hoy la Justicia Federal anda como si buscara al protagonista de su propia serie criminal: el camionero que cargó esa cocaína y desapareció con el sigilo de un mago que se olvida de dejar migas. Su paradero sigue en investigación —o en escape— mientras los investigadores tratan de desenredar la trama oculta entre cajones de fruta y narcotráfico de calidad gourmet.

