Dicen que Pablito arrancó en un club chico de Santiago del Estero, medio perdido en el mapa. Pero mirá por dónde: de ahí saltó directo al bunker del poder futbolero — la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Hoy sería algo así como “el chico de las cuentas, los threads calientes y las decisiones turbias”.
“Tesorero oficial” — o sea, el responsable de la billetera del fútbol. Dinero, entradas, patrocinios: todo pasa por sus manos. “Jefe del interior” — comanda el Consejo Federal, que agrupa cientos de ligas y clubes del interior, para que los equipos de provincias tengan su lugar. “Operador general” — dicen que mueve fichas, candados y reuniones detrás del telón: árbitros, torneos, decisiones «invisibles».
En redes sociales es todo o nada. Da palazos contra ex jugadores, presidentes de clubes y hasta funcionarios. Golpea con sarcasmo, insultos, chicanas… como si fuera comentarista después de un gol polémico. Por ejemplo: en un momento cruzó a un ex futbolista que criticó arbitrajes — le soltó algo así como “memoria eólica” con tono de burla fina. Si los árbitros fueran inodoros, ahí también se zambullía.
El tipo no solo tiene contactos en la AFA: también “moja” en política y negocios muy cercanos a Sergio Massa y Máximo Kirchner. En 2025 lo nombraron director de un organismo del gobierno bonaerense, lo que lo perfila como alguien con espalda firme fuera de la cancha. Porque maneja mucho poder detrás de escena. Con capacidad para meter y sacar clubes del mapa, controlar torneos, mover recursos, influir en decisiones arbitrales y fiscales, y además… contestar con filo cuando alguien lo cuestiona. Vamos: si el fútbol argentino fuera un ring, él sería el tipo que reparte guantes — y puñetazos — pero siempre desde las sombras.

