La reunión se supone que era para hablar del anteproyecto de la Ley de Proveedores Mineros, conocida como el Compre San Juan Minero o, según algunos, “ese documento que nadie quiere firmar primero”. Pero terminó siendo una especie de encuentro de excompañeros de colegio que terminaron peleados, fundaron cámaras nuevas por despecho, dejaron de hablarse y ahora el destino los obligaba a mirarse a los ojos durante horas como terapia grupal.
Y vaya elenco: Fernando Oye, Fernando Godoy, un Dale, un Mijail, Natalie Varela, Ramón Martínez, Leonardo de la Vega, Juan Pablo Delgado, Eduardo Caputo, geofísicos, ingenieros, geólogos, más ingenieros, Víctor Grau, Franklin Sánchez y Luis Crocco. Básicamente, si faltaba alguien más, ya se podía elegir papa y fundar un país.
Uno de ellos contó que «Nos dijimos de todo, pero sin romper nada. Empezó tranquilo, se puso espeso, después tenso, después más tenso, después se suavizó, y finalmente terminó en modo “bueno, che, perdoname si en 2019 te pise la secretaria». Hubo reclamos, reproches, indirectas más directas que indirectas, y confesiones que algunos venían guardando tan profundas que había que excavarlas con maquinaria minera.
El Ministerio también se defendió, obviamente. Porque si vas a soportar horas y horas de reclamos, mínimo devolvés algunos. El proyecto todavía se está ajustando, falta que las operadoras den su bendición, y si todo sale bien, capaz entra a Legislatura antes de fin de año, justo en ese momento mágico donde los diputados aprueban leyes a la velocidad de quien limpia su casa antes de que lleguen visitas.
Al final todos se saludaron. No como mejores amigos, pero al menos como gente que no está planeando bloquearse de WhatsApp. Fue casi tierno. Después de tanta tensión, parecía que estaban saliendo de un spa emocional.
Conclusión: la minería no solo requiere reglas claras, sino también un psicólogo, un mediador, un chamán y un recreo largo. Esta vez no hubo heladitos, no hubo café, pero sí un sincericidio colectivo tan inesperado como útil.

