Una almohada sobre un fuelle bastó para encender más que una celda: encendió las alarmas del sistema penitenciario. Un interno con dificultades respiratorias y un pabellón que volvió a la normalidad como si nada. Todo bajo control, dicen. Pero en las cárceles, los fuegos —los reales y los simbólicos— se apagan con la misma receta: un parte oficial, un traslado y silencio.
INCENDIO EN EL PENAL, Y EL FUEGO QUE NO PERDONA NI EL ENCIERRO
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