Actor, bailarín, coreógrafo, escenógrafo, pero sobre todo educador. Ferrer eligió volver a su provincia cuando pudo haberse quedado en los escenarios porteños. Eligió sembrar aquí, en su tierra, el amor por el arte y la disciplina del oficio. En el Centro Polivalente de Arte, su casa durante décadas, dejó no solo enseñanzas, sino también un legado de pasión, rigor y ternura que seguirá latiendo en cada rincón de esa institución.
Nacido en 1948, descubrió en el arte un refugio y un camino. Se formó en Buenos Aires, brilló en escenarios y pantallas, pero jamás se deslumbró con la fama. Su verdadera vocación estuvo siempre en el aula, en el contacto directo con los estudiantes, en ese gesto cotidiano de acompañar y exigir, convencido de que “el arte es disciplina y también libertad”.
Su carrera fue reconocida con premios y distinciones, entre ellos el prestigioso María Ruanova en el Teatro Colón. Pero más allá de los galardones, su mayor premio fue ver crecer a miles de jóvenes artistas sanjuaninos que lo recordarán como un maestro inolvidable.
Hoy San Juan lo despide, con gratitud y con lágrimas. Se va un creador, un referente, un hombre que creyó en la fuerza transformadora del arte. Pero queda su ejemplo, su impronta y su voz, que seguirá resonando en cada escenario y en cada aula donde alguien decida soñar a través del arte.
Descansa en paz, maestro Ferrer. Tu luz no se apaga.

