Sergio M. Eiben (SME): Celeste, un mes atrás, una infidelidad, quedó al descubierto en un recital de Coldplay gracias a una cámara en el estadio. ¿Qué nos está pasando como sociedad que estas cosas salen a la luz de manera tan masiva?
Celeste Martínez (CM): Sergio, estamos en la era de la hiperexposición. Hoy cualquier acción privada puede convertirse en espectáculo digital. Las redes sociales y la vigilancia constante transforman la intimidad: lo que antes quedaba entre cuatro paredes ahora puede viralizarse en minutos. Y lo más preocupante es que esto no se limita a los famosos: cualquier persona puede terminar en la mira de millones de ojos en un segundo.
SME: O sea que la intimidad prácticamente desapareció. Pero más allá del escándalo puntual, ¿qué nos dice esto sobre los vínculos humanos y cómo nos relacionamos hoy?
CM: Nos muestra conflictos que antes se manejaban en privado: falta de compromiso, ego, venganza, aburrimiento o el simple deseo de validación. Ahora, al hacerse públicos, esos conflictos se magnifican. Las parejas empiezan a vivir bajo la presión constante de la mirada de los demás, y eso genera ansiedad, desconfianza y un tipo de relación que ya no es genuina sino performativa.
SME: Tremendo. Entonces, un recital puede convertirse en tribunal de la moralidad digital. ¿Estamos preparados para esto o vamos a vivir siempre con miedo de ser grabados en cualquier lado?
CM: La preparación emocional todavía no está a la altura de la tecnología. La cultura de la vigilancia altera los vínculos: la gente empieza a comportarse pensando en la mirada del otro, y eso afecta la autenticidad de las relaciones. Además, el escándalo digital funciona como un refuerzo perverso: hay quienes incluso buscan ser expuestos porque la validación pública se volvió más importante que la intimidad.
SME: Es interesante cómo el deseo de validación puede terminar convirtiendo la vida privada en un show público. ¿Cómo manejamos eso psicológicamente?
CM: Hay que trabajar la conciencia emocional y los límites personales. Aprender a diferenciar entre lo que queremos compartir y lo que debe permanecer privado. Pero es difícil, porque la tecnología incentiva constantemente la exhibición. Y el fenómeno no termina ahí: las personas juzgan y comentan como si fueran jueces morales, lo que genera un efecto de linchamiento colectivo.
SME: ¿Creés que estas “cámaras del juicio” digital modifican la forma en que nos vinculamos incluso fuera de las redes?
CM: Absolutamente. La exposición constante cambia la manera de relacionarnos: nos volvemos más cautelosos, estratégicos y, a veces, manipuladores. La autenticidad se sacrifica por la apariencia. Incluso la intimidad más simple, como una discusión de pareja o un error pasajero, puede transformarse en espectáculo.
SME: Entonces, un recital o una salida casual pueden ser una especie de “terapia de grupo involuntaria” para millones de desconocidos. ¿Cómo afecta eso al bienestar emocional?
CM: La presión de la mirada colectiva genera ansiedad, estrés y sensación de vulnerabilidad constante. Y lo más irónico es que lo que debería ser un momento de disfrute se convierte en un tribunal digital donde todo se juzga, se comenta y se viraliza. El espectáculo de lo privado termina siendo más poderoso que cualquier concierto.
SME: Para cerrar, Celeste, ¿qué consejo darías a quienes sienten que ya no existe privacidad, que cualquier error puede ser grabado y difundido?
CM: Mi consejo es simple: reconstruir la intimidad desde adentro. Establecer límites claros, valorar lo privado, aprender a decir “no” a la exposición innecesaria y recordar que la autenticidad es más importante que la aprobación pública. Solo así podemos mantener vínculos saludables en un mundo donde todos somos potenciales protagonistas de nuestro propio escándalo digital.