
Roberto García analiza los límites del poder en diálogo con Sergio M. Eiben – Tras su provocadora columna «Hasta el león más bravo se frena con el látigo», el analista político Roberto García accedió a un franco intercambio con La Red De Medios 89.3 mhz. En esta entrevista, desmenuza las contradicciones del poder, los riesgos de gobernar mediante el temor y por qué, pese a todo, la fuerza sigue siendo un recurso tentador.
Sergio M. Eiben (SME): Roberto, tu columna de hoy generó polémica en las redes sociales. ¿Realmente creés que el miedo es una buena herramienta de liderazgo?
Roberto García (RG): No dije que sea buena, sino que es la más inmediata. Hay una diferencia clave ahí. El miedo obtiene resultados rápidos, pero como bien señalas en tu introducción, es pan para hoy y hambre para mañana. La historia está llena de dictadores que cayeron justo cuando aflojaron el látigo.
SME: ¿Entonces por qué usás la metáfora del león?
RG: Porque ilustra una realidad incómoda: en situaciones críticas –una empresa al borde de la quiebra, un país en caos– la gente suele aceptar primero la mano dura. Pero ojo: eso no significa que funcione a largo plazo. De hecho, mi columna es una advertencia: el que gobierna solo por miedo, tarde o temprano se queda sin herramientas.
SME: Hablás de «mano dura». ¿No temés que se malinterprete como un aval al autoritarismo?
RG: Para nada. Justamente aclaro que el látigo frena, pero no educa. Es como esos padres que gritan para que su hijo deje de hacer travesuras: logran el silencio en el momento, pero no enseñan por qué está mal romper el jarrón. El poder real está en hacer que el otro internalice las reglas, no que las cumpla por puro terror.
SME: ¿Ejemplos concretos?
RG: Mirá la política actual: los gobiernos que duran son los que combinan firmeza con consenso. Cuando Macri intentó el ajuste puro y duro en 2018, el látigo le explotó en la mano. En cambio, Lula en Brasil o incluso el actual gobierno acá muestran que Milei aparece como el firme, sin perder el diálogo que encarna Francos.
SME: ¿Hay situaciones donde el miedo sea legítimo?
RG: En contextos de emergencia, sí. Si un barco se hunde, el capitán no puede pedir votación para ver si evacuan. Pero eso es excepcional. El problema surge cuando normalizás el látigo: ahí la gente se acostumbra y deja de responder hasta a los golpes. Fijate lo que pasó en Venezuela: Maduro ya ni con tanques logra el control total.
SME: ¿Y en la vida cotidiana?
RG: Ahí el látigo siempre fracasa. Un jefe que solo grita tendrá empleados que trabajan por el sueldo, no por el proyecto. Un maestro que solo castiga crea alumnos que memorizan para el examen, no que aprenden. El miedo no construye equipos, solo rehenes.
SME: Entonces, ¿qué reemplaza al látigo?
RG: Tres cosas: 1) Credibilidad (que tus palabras coincidan con tus actos), 2) Consistencia (no ser blando hoy y tirano mañana) y 3) Consecuencias claras –que no es lo mismo que amenazas, si un empleado llega tarde, en lugar de humillarlo, mostrale cómo afecta al equipo. Si no cambia, aplicá sanciones preestablecidas. Así el respeto nace de la justicia, no del terror.
SME: Suena ideal, pero ¿no es utópico en una sociedad impaciente?
RG: Por eso seguimos usando metáforas de leones y látigos. El camino fácil seduce, pero los líderes que trascienden –desde Mandela hasta ese gerente que todos admiran– son los que supieron ganarse la lealtad, no la sumisión.