Lo que debía ser una fiesta popular terminó siendo una postal del desmadre, el caos y la irresponsabilidad. El empresario Pablo Sanguedolce, organizador del recital de Q’Lokura, finalmente se presentó ante la Justicia, acorralado por la sospecha evidente: vendió más entradas que butacas había en el Estadio Aldo Cantoni. Y no por un “error administrativo”: por codicia.
El Cantoni tiene capacidad para poco más de 4.300 personas. Sin embargo, cientos quedaron afuera con su entrada en la mano, como idiotas con boleto de cartón y sin show. ¿Qué pasó? La misma historia de siempre: sobreventa, descontrol y una organización que hizo agua por todos lados. Nadie controlaba accesos, la seguridad era un chiste y la policía apareció después del desastre, como un patrullero en la fiesta equivocada.
Ahora el empresario está en la mira. No por voluntad propia, claro, sino porque la presión lo arrinconó. La Justicia investiga si incumplió normas básicas de seguridad, violó el aforo permitido y jugó a la ruleta con la integridad de la gente. Las sanciones podrían ir desde una multa millonaria hasta el arresto. Pero lo más grave ya ocurrió: se estafó a la gente y se puso en riesgo su seguridad.
Mientras tanto, en la otra ventanilla, Defensa del Consumidor amasa denuncias. Entre 10 y 20 personas ya lo denunciaron por no poder entrar. Si no devuelve el dinero o compensa el bochorno, podrían caerle sanciones administrativas. Aunque lo que realmente debería caerle es la prohibición total de volver a organizar un evento masivo. Porque si para él un estadio es una billetera gigante, el público termina siendo ganado.
La justicia tiene ahora la pelota. Pero la gente ya dictó su sentencia: se cansó de ser usada, estafada y maltratada en nombre del negocio. Q’Lokura, sí. Pero lo de este recital fue un Q’Loestafa.

