Con una crisis económica galopante, que en junio ya lo ubicó como el país con más alta inflación de América Latina -un 5,21% mensual-, y pese a la sombra siempre amenazante de un Evo Morales que está inhabilitado para ser candidato, Bolivia podría dar en las elecciones generales del próximo 17 de agosto un giro a la derecha luego de dos décadas de hegemonía de la izquierda.
La última encuesta de esta semana del diario El Deber muestra al frente de los sondeos a Samuel Doria Medina -un empresario y político de centroderecha que ya fue candidato en varias oportunidades-, con un 21,7%, seguido de cerca por el expresidente, también de centroderecha, Jorge “Tuto” Quiroga, con el 20,7%, tercero el exmilitar y empresario neoliberal Manfred Reyes con 10%, y cuarto el presidente de la Cámara de Senadores, el izquierdista Andrónico Rodríguez con 8,2%. Pero el protagonismo lo siguen teniendo los indecisos y el voto en blanco con un 25%. Por eso, nada está dicho aún sobre el futuro político boliviano.
De todas maneras, los analistas subrayan que frente a la enorme preocupación que genera el tema económico es la centroderecha quien ofrece planes más concretos para salir de la crisis, y hasta la izquierda habla de la necesidad del ajuste y del cierre de empresas públicas deficitarias.
“En la elección de 2019, que terminó con la impugnación de los comicios y la salida de Evo Morales, la preocupación popular estaba vinculada con la institucionalidad democrática y un problema de orden político. Hoy la preocupación es económica”, explicó a LA NACION por zoom el politólogo Franklin Pareja.
El presidente Luis Arce, que en los tiempos del auge de los precios de la materias primas -cuando fue el ministro de Economía de Morales-, fue llamado el artífice del “milagro económico” boliviano, es hoy el segundo presidente más impopular de América Latina -detrás de la peruana Dina Boluarte-, incluso por debajo del venezolano Nicolás Maduro. Por eso no se presenta a la reelección y nombró a su ministro de Gobierno como candidato.
No faltan razones para el descrédito de Arce.
Las reformas liberales de la década de 1990 habían colocado al país como potencia energética y Bolivia pasó de ser un país de ingresos bajos a uno de ingresos medios, según el Banco Mundial. Durante el “milagro económico”, la extrema pobreza cayó al 15%, se construyeron carreteras y teleféricos, y las ciudades se expandieron.
Pero, pasado el auge, la economía entró en una picada descendente que ninguna de las medidas que tomó Arce desde que asumió el gobierno en 2020 logró revertir.
Y la crisis actual no es algo que solamente perciban quienes analizan la cuestión macroeconómica de un Estado cuya suma de deuda externa e interna alcanza ya el 95% del PBI, cuando lo razonable es un 60%.
La grave situación económica afecta la vida de todos los ciudadanos, desde cuando tienen que hacer largas colas para comprar combustible, si es que consiguen, hasta el desabastecimiento de productos básicos o medicamentos, en su mayoría importados, o la falta de divisas. (El dólar oficial está en 6,91 pesos bolivianos y el blue ronda los 15 pesos bolivianos).
La inflación aumenta los precios de los alimentos, y la escasez de divisas dificulta el acceso a los medicamentos en un país que importa el 55% de las medicinas que consume.
“El segmento de la población que poco más de una década atrás había pasado a ser clase media ahora cayó en la pobreza, y los que eran pobres, están en la extrema pobreza”, señaló Pareja.

