La muerte de este joven, no es un caso aislado, sino parte de una crisis silenciosa que devora vidas día tras día. En Santa Lucía, como en muchas ciudades argentinas, cada accidente que termina en una sala de terapia intensiva podría haberse evitado. Sin embargo, seguimos ante la resignada indiferencia de una sociedad que normaliza estas muertes y de autoridades que, con campañas tibias y controles esporádicos, no logran frenar esta sangría.
¿Hasta cuándo permitiremos que la imprudencia al volante y la falta de prevención sigan cobrando vidas? No hablamos de un problema de cifras, sino de personas reales: hijos, parejas, trabajadores que pierden su futuro en la ruta. Las políticas públicas no pueden seguir siendo meras promesas: necesitamos controles efectivos, límites reales de velocidad, sanciones rigurosas y campañas educativas con impacto real.
Exigencia concreta de acción inmediata
- Investigación exhaustiva: definir con claridad responsabilidades penales y civiles del conductor del Jeep.
- Fiscalización constante: instalar radares, controles de alcoholemia y operativos sorpresa.
- Educación vial real: campañas que involucren a escuelas, empresas y a todos los ciudadanos.
- Infraestructura segura: control de iluminación, señalización y mantenimiento de rutas en puntos críticos como la Circunvalación.
Cada muerte en ruta es una derrota colectiva. La triste historia de este joven de 29 años debería sacudir nuestras conciencias y exigir acción inmediata. Ya no hay lugar para discursos dulcificados ni promesas vacías. Basta de resignación: exigimos que se ponga fin a esta masacre vial.

