Manes se bajó de la Convención Nacional, dejó la presidencia, devolvió la lapicera, apagó la luz y se fue sin siquiera llevarse el café del termo. “Renuncio porque soy fiel a mis principios”, dijo. Hermoso. Lástima que los principios ya no tienen domicilio en Balcarce 455, sino que están de okupa en algún comité con la bandera raída y la foto de Alfonsín colgando torcida.
La carta que publicó parece escrita desde un monasterio suizo: serena, elevada, casi poética. Pero entre líneas se lee clarito:
“Este partido se volvió un cambalache de oportunistas, y yo no quiero seguir bancando esta joda.”
Y tiene razón. La UCR hoy es como un matrimonio roto que sigue junto “por los chicos” (los cargos), pero ya duerme en camas separadas desde que Alfonsín era intendente de Chascomús.
Gastón se cansó de ser el único que iba a las reuniones con libros y salió corriendo cuando se dio cuenta de que los demás solo estaban buscando una selfie con Larreta o una migaja de algún ministerio libertario.
¡Y ojo! No se fue para meterse en otro partido. No se fue para ser panelista. Se fue, simplemente, porque ya no podía aguantar el olor a traición que se respira entre los pasillos del Comité Nacional. Una especie de naftalina con perfume a Milei.
Su renuncia no es noticia por lo que implica, sino por lo que confirma:
la UCR está tan perdida que su único acto de coherencia en los últimos diez años… fue una renuncia.
Así que salud, Gastón. Vos al menos tuviste el coraje de decir “hasta acá”.
El resto sigue ahí, tocando la marcha radical en flauta dulce, mientras el Titanic se hunde y Lousteau pregunta si todavía puede coquetear con el PRO sin que se le note la desesperación.
Lo que queda de la UCR no es un partido político: es un archivo. Y lo triste es que hasta los archivos se limpian.