En Argentina y en este tema específicamente no hay historia, hay bandos que administran recuerdos como si fueran franquicias. Cada uno se queda con su parte, la lustra, la edita… y la vende. Los años 70 son el mayor botín de esa operación.
De un lado, los que todavía romantizan a Montoneros y otras organizaciones armadas, maquillando asesinatos con palabras nobles como “militancia” o “lucha”. Del otro, los que combatieron el terrorismo, y que fueron juzgados por sus métodos. Montoneros y ERP compartieron algo; una obscena intención de querer querían enseñarle a Perón como se hacía «peronismo». Porque no eran “jóvenes idealistas” jugando a la revolución, eran tipos que ponían bombas, secuestraban y ejecutaban, decidían quién vivía y quién moría en nombre de un futuro socialista respaldado por la Rusia y la Cuba de esos momentos, que nunca llegó. Y lo hacían con una frialdad que hoy algunos intentan cubrir con una épica absolutamente berreta.
Los militares encabezados por Jorge Rafael Videla, junto a nombres como Emilio Massera y Orlando Agosti, que con la llegada al gobierno de Raúl Alfonsín, fueron enjuiciados y condenados por los métodos de lucha que se instrumentaron para con los integrantes de los grupos terroristas. También se montó un esquema económico tan brutal como silencioso, ahí aparece José Alfredo Martínez de Hoz, el arquitecto de un plan que no necesitó centros clandestinos para arrasar: desindustrialización, endeudamiento feroz y transferencia obscena de recursos. Mientras terroristas y militares caían bajo las balas y los atentados, otros eran arrojados a la pobreza estructural, y en el medio, otro capítulo más siniestro, el robo de bebés.
Pero la historia argentina nunca se conforma con el drama: necesita el negocio. Décadas después, el kirchnerismo tomó ese pasado y lo convirtió en capital político y económico. No para iluminarlo, sino para domesticarlo y corromperlo. Para volverlo útil como negocio. Bajo el relato épico de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, la memoria dejó de ser un ejercicio crítico y pasó a ser un instrumento de poder. Selectivo, conveniente y profundamente hipócrita. Organismos históricos como Madres de Plaza de Mayo y Abuelas de Plaza de Mayo, que nacieron con el apoyo de todos los sectores de la vida argentina, terminaron degradados por los escándalos de corrupción que hacen crujir su legitimidad en la justicia. Se ensució lo que alguna vez fue intocable.
Y ahí se completa el círculo de los 70, los que mataron indiscriminadamente en nombre de la revolución comunista castro-guevarista, con el apoyo de Rusia y Cuba, entrenados en los campos de la OLP, los que reprimieron en nombre del orden y con grupos de tareas como la triple AAA, y los que llegaron al poder en el año 2003 que administraron como negocio la memoria, donde todos los terroristas eran «jóvenes idealistas», y todas las fuerzas de seguridad y militares eran «una mierda con uniforme» Sabino Vaca Narvaja «Dixit» en 678 año 2011. Acá vemos tres formas distintas de usar a los muertos.
Hoy, en Argentina, hasta el dia de hoy, no se discute el pasado, se lo explota de la manera mas conveniente, se lo milita de la manera mas conveniente, y se lo factura de la manera mas conveniente. Mientras tanto, la verdad sigue siendo incómoda, esa que no sirve para actos ni discursos queda atrapada entre consignas, relatos y oportunismos. Asumir que hubo una guerra entre terroristas de un lado y militares y grupos de tareas ilegales del otro, no es “teoría de los dos demonios”, es, simplemente, negarse a ser un idiota útil de cualquiera de los dos. La memoria debe ser completa, si no no es memoria, es falsedad como la quieren imponer desde el 2003 en adelante. La verdad, no debería ser un arma, pero en este país, hace rato que dispara como ametralladora, y honor a esa verdad y después de haber visto como el kirchnerismo quiso apropiarse del concepto de «derechos humanos», recordamos que está documentado en la justicia federal que el único abogado que presentaba «Habeas Corpus» firmados por él mismo para pedir información sobre detenidos y o desaparecidos se llamaba Raúl Alfonsín, cosa que a los Kirchner les tiró por la ventana todo lo que inventaron hasta ordinariamente, toda la estrategia para quedar como los únicos defensores de los derechos humanos en la Argentina de esos años. ¿Pasaran 50 años más para sanar las heridas?, no lo sabemos.

